05-04-2007, 04:00 PM
Me da mucha pena que Bioy Casares piense así de nosotros, que haya tenido tan mala experiencia con sus traductores.
Me pregunto si un escritor de su talla no puede tener un flor de equipo de traductores elegidos por él que revisen y se aseguren de la fidelidad de la versión final.
Resalto lo que más me sobresaltó. En realidad, en algunas partes, me resultó agresivo.
Clau
Del libro “Palabras de Bioy". Conversaciones con Sergio López
Pág 76/77
Casualmente hace poco estuve en Nueva York y en una librería del Soho encontré un ejemplar en inglés de La invención de Morel.
-Pero no me pida que opine sobre esa traducción.
-¿Tan mala le parece?
-Bastante (se ríe).
-Un problema vinculado con la crítica es precisamente el de las traducciones, que de algún modo condicionan las críticas literarias.
-Sí, es bastante raro eso. Yo sé que las traducciones, en general, son muy malas. También sé que las traducciones que han hecho de mis libros muchas veces me parecen llenas de errores burdos. Sé todo eso, sin embargo parecería que hay algo en cada libro que se puede transferir al lector a pesar de la torpeza que pueda tener la traducción, porque toda la literatura alemana que yo he leído, la sueca que he leído, siempre ha sido en traducciones y muchas veces me ha gustado. Porque yo he leído a Heine por su traducción al español y me gusta mucho. Por otra parte creo que leer, por ejemplo, a Stendhal en español es un grave error o, por lo menos, es una forma de desconocer a Stendhal. Leer a Benjamin Constant en español, bueno, tampoco me parece una buena forma de conocer a Constant. Ni siquiera me atrevería a recomendarlos, porque no sé cómo serán esos libros escritos en otro idioma. Claro que las traducciones son inevitables, ya que es imposible dominar todos los idiomas, pero me parece rarísimo que un libro pueda pasar a otra lengua con todas sus virtudes.
-Tal vez haya una verdad amarga en el enojo contra las traducciones, porque en definitiva es negarse a aceptar que un libro realmente bueno aguanta cualquier traducción.
-Puede ser que haya alguna verdad en lo que usted dice, pero también es evidente que muchos libros, digamos, tolerables, se vuelven ilegibles después de haber pasado por el traductor. A lo mejor uno escribe una frase deliberadamente ambigua, el traductor piensa que es un error, trata de corregirla ... y ya todo el encanto desaparece.
-¿Usted revisa las traducciones de sus libros?
-No, casi nunca. A veces puede ser que corrija algunos errores groseros de traducción, como por ejemplo que en la provincia de Buenos Aires una yunta nunca puede ser de mulas sino decaballos, porque en la llanura no se utilizan mulas, en fin, puedo advertir sobre algún error formal, pero no reviso las traducciones frase por frase. ¿Por qué me lo pregunta?
-Por nada en especial, simplemente recordé que Borges solía reservarse el derecho de revisar las traducciones de sus libros y de modificar todo aquello que no lo conformara.
-Bueno, pero Borges sabía el inglés como si fuera un inglés, sabía muy bien el alemán, sabía muy bien el francés, sabía bastante italiano, aunque decía que no lo conocía, entonces eso le daba seguridad para cambiar algo que no le gustaba o para sugerirle al traductor alguna modificación. Yo el francés lo conozco bastante, pero no creo que pueda ser un buen corrector de algo escrito en inglés. Mi inglés me permite leer y me permite hablar de un modo aceptable, pero si tuviera que cambiar una frase tal vez no sabría cómo hacerlo. Quiero decir, puedo darme cuenta que una frase no está bien traducida al inglés, pero no se si sabría proponer otra. No me queda más remedio que confiar en los traductores.
CUAC!
Me pregunto si un escritor de su talla no puede tener un flor de equipo de traductores elegidos por él que revisen y se aseguren de la fidelidad de la versión final.
Resalto lo que más me sobresaltó. En realidad, en algunas partes, me resultó agresivo.
Clau
Del libro “Palabras de Bioy". Conversaciones con Sergio López
Pág 76/77
Casualmente hace poco estuve en Nueva York y en una librería del Soho encontré un ejemplar en inglés de La invención de Morel.
-Pero no me pida que opine sobre esa traducción.
-¿Tan mala le parece?
-Bastante (se ríe).
-Un problema vinculado con la crítica es precisamente el de las traducciones, que de algún modo condicionan las críticas literarias.
-Sí, es bastante raro eso. Yo sé que las traducciones, en general, son muy malas. También sé que las traducciones que han hecho de mis libros muchas veces me parecen llenas de errores burdos. Sé todo eso, sin embargo parecería que hay algo en cada libro que se puede transferir al lector a pesar de la torpeza que pueda tener la traducción, porque toda la literatura alemana que yo he leído, la sueca que he leído, siempre ha sido en traducciones y muchas veces me ha gustado. Porque yo he leído a Heine por su traducción al español y me gusta mucho. Por otra parte creo que leer, por ejemplo, a Stendhal en español es un grave error o, por lo menos, es una forma de desconocer a Stendhal. Leer a Benjamin Constant en español, bueno, tampoco me parece una buena forma de conocer a Constant. Ni siquiera me atrevería a recomendarlos, porque no sé cómo serán esos libros escritos en otro idioma. Claro que las traducciones son inevitables, ya que es imposible dominar todos los idiomas, pero me parece rarísimo que un libro pueda pasar a otra lengua con todas sus virtudes.
-Tal vez haya una verdad amarga en el enojo contra las traducciones, porque en definitiva es negarse a aceptar que un libro realmente bueno aguanta cualquier traducción.
-Puede ser que haya alguna verdad en lo que usted dice, pero también es evidente que muchos libros, digamos, tolerables, se vuelven ilegibles después de haber pasado por el traductor. A lo mejor uno escribe una frase deliberadamente ambigua, el traductor piensa que es un error, trata de corregirla ... y ya todo el encanto desaparece.
-¿Usted revisa las traducciones de sus libros?
-No, casi nunca. A veces puede ser que corrija algunos errores groseros de traducción, como por ejemplo que en la provincia de Buenos Aires una yunta nunca puede ser de mulas sino decaballos, porque en la llanura no se utilizan mulas, en fin, puedo advertir sobre algún error formal, pero no reviso las traducciones frase por frase. ¿Por qué me lo pregunta?
-Por nada en especial, simplemente recordé que Borges solía reservarse el derecho de revisar las traducciones de sus libros y de modificar todo aquello que no lo conformara.
-Bueno, pero Borges sabía el inglés como si fuera un inglés, sabía muy bien el alemán, sabía muy bien el francés, sabía bastante italiano, aunque decía que no lo conocía, entonces eso le daba seguridad para cambiar algo que no le gustaba o para sugerirle al traductor alguna modificación. Yo el francés lo conozco bastante, pero no creo que pueda ser un buen corrector de algo escrito en inglés. Mi inglés me permite leer y me permite hablar de un modo aceptable, pero si tuviera que cambiar una frase tal vez no sabría cómo hacerlo. Quiero decir, puedo darme cuenta que una frase no está bien traducida al inglés, pero no se si sabría proponer otra. No me queda más remedio que confiar en los traductores.
CUAC!

