Madrid. Abril 3, 2007.
Querida Aurora:
Como la vida tiene más vueltas que una oreja (dice el tango que cantaba Rosita Quiroga:
Pato, de Rubén Collazo), sin haber trabajado nunca en
La Nación llegué a conocer ese diario por dentro mejor que mi casa.
Un día, en los años negros (1982, exactamente), me llama un conocido de allí y me pide una colaboración sobre un tema de mi especialidad. Era complicado, porque yo tenía que escribir sobre un asunto sobre el que tenía una opinión muy personal y comprometida, pero en el que podía sospecharse algún conflicto de interés (inexistente).
No podía decir que no. Echado de todas partes, era publicar con firma nada menos que en
La Nación. Para zanjar por adelantado toda discusión, decidí escribir rabiosamente (no sabés lo que me costó el ejercicio estilístico) en primera persona: “Yo pienso que...”. Para que nadie pudiera dudar de que yo estaba hablando por mí mismo, y no en nombre de una institución pública para la que trabajaba (y de unos fabulosos intereses económicos que había por detrás), y que en ese tiempo estaba muy sobre el tapete en nuestro país. Así que, con todo horror, “Yo” de aquí y “Yo” de allá. Y qué te cuento que entre ida y vuelta de las pruebas de imprenta, sin yo comerla ni beberla, sentadito en mi casa, el artículo en primera persona salió sin la firma.
Sí, Aurorita: en aquel diario que
in illo tempore presumía de ser un parangón de la prensa de calidad en todo el orbe hispanohablante, un kilométrico artículo de opinión escrito en primera persona y emplazado a cuatro columnas en cabeza de página impar, frente a los editoriales, salió sin la firma.
En aquella época yo desayunaba en la cama, te juro, justamente con ese diario. Por eso no me caí de culo al suelo, esa mañana, al ver el artículo que... salió sin la firma. Ventajas de leer el diario en la cama. De modo que me levanté, me duché, me vestí, mascullé un poco, y me fui de cabeza a hablar con J.C.E., que era entonces quien manejaba ese diario con mano de hierro.
No sé cómo me recibió. Tuve que hacer media hora de antesala en un cuartito sin ventanas, de los que se usan para escanear a los potenciales portadores de bombas o armas de fuego. Finalmente una secretaria invisible me hizo pasar.
J.C.E. me recibió muy tieso detrás de una mesa-escritorio tipo portaaviones, de las que mi padre llamaba “de ministro”.
“¿Qué lo trae esta vez por acá, Martín?” Porteño canchero.
Era la segunda vez que nos veíamos en privado y la anterior, muy pocos meses antes, había tenido que ver con la institución para la que yo trabajaba (y no te imaginás la cantidad de dinero, intereses, poder, en juego entonces).
En el medio, mirá vos, había un pequeño detalle, con nombre de mujer, que a J.C.E. le había costado un fuerte disgusto, con psiquiatra incluido, y a mí me costaría pronto otro, más leve (divorcio).
Entonces desenvaino y le muestro la página fatídica.
J.C.E., con su mejor cara de ladrillo, me dice: “Esas cosas pasan, Martín. Usted sabe”.
Y ahí me cuenta que
La Nación arrastraba en aquellos años un piso de 50 erratas por edición, inerradicable.
Y no me estaba haciendo el verso. El pequeño detalle con nombre de mujer, que era la verdadera causa de la incomodidad de nuestra conversación, ya me lo había contado, en plan confidencias íntimas.
Trabajando para su tesis de doctorado, ella había conseguido que le dieran una mesa en la redacción del diario y le dejaran leer todo el papel que iba a la imprenta (era todavía la era de la linotipo Mergenthaler, tan romántica), con todas las correcciones manuscritas en diferentes colores jerárquicos, de cuatro o cinco manos, según la importancia de los textos.
J.C.E. tocó un timbre, habló por un intercomunicador, y al cabo de un incómodo rato de espera apareció un señor canoso y atribulado, jefe de la mesa de Corrección.
Fue una mera charla protocolar, porque ya estaba todo dicho. El hombre canoso me leyó las estadísticas y me contó todas las medidas que habían adoptado, y cómo habían fracasado. La Mesa de Corrección de La Nación estaba formada entonces por veteranos periodistas que además eran profesores de lengua y poco menos que académicos.
Al día siguiente, en la página de los editoriales, La Nación publicó una corrección en la que decía que por un error técnico en el artículo que el día anterior se había publicado en la página tal con el título tal “se había omitido el nombre del autor”.
Aurora, ¡agarrate!: “del autor” (sic). Pero de su nombre (MI NOMBRE), ¡¡¡ni rastro!!!.
Llorá. Reíte. Creémelo o no. ¿Hay
gremlins o yo sufro de manía persecutoria?
Demás está decir que no he vuelto a ver a J.C.E. nunca más en mi vida. Al poco tiempo me divorcié y ya perdí todo contacto con la parte del mundo que nos unía.
Por esa misma época (un poco antes, las cosas pasan muy rápido: fue mediados de 1976) yo trabajaba en
La Opinión. Fue una época muy dura: justo el golpe de Videla & Co.. La mano dura. Timmerman me manda decir que dejara todo lo que estaba haciendo (medio diario, entre cosa y cosa) y que me dedicara exclusivamente a la energía atómica (¿?).
Era una manera de quedar bien él con un sector de los militares en el poder, sin bajarse groseramente los calzones ante el lector.
De modo que la llamé a L., que era mi Nº 2 de facto en casos de urgencia, le dije negrita hacete cargo de todo, que lo sabés hacer muy bien; y me pedí un auto, y me fui directo a la CNEA.
Me atendieron muy bien, me preguntaron qué quería, se los expliqué, y en los meses siguientes viví literalmente con ellos. Viajes por todo el país, y a Alemania, Brasil, Canadá, Italia, EE.UU. y ya no sé adónde más.
Llegaba a mi casa de noche, apagaba la luz del solitario dormitorio, miraba para el lado del ropero de tres espejos y me preguntaba por qué mi cuerpo no producía la luz azul fosforescente del efecto Cherenkov.
Lo más duro de explicar en aquella época era el fenómeno de la fusión nuclear: cómo de dos núcleos atómicos livianos se puede producir uno más pesado; o sea, al revés de la fisión.
Pero di con la persona indicada: un físico teórico joven (el doctor M.), que me dedicó toda una didáctica mañana para explicarme el asunto. Salí de allí, crucé toda la ciudad de Buenos Aires en taxi, desde Núñez hasta Barracas al Sur. Me acuerdo como si fuera ayer que me costó 51 pesos: más o menos lo que una cena en el Plaza o una noche con la chica más cara del Café Orléans.
Llegué al diario, me metí en mi pecera, escribí furiosamente. Me golpeaban la puerta y no les hacía caso. A eso de las ocho salí con 16 carillas, le arranqué una página a L. y me fui a hablar con el jefe de Arte.
En ese diario no se publicaban notas de 16 carillas sin ilustraciones sin permiso de Dios. Con los papeles en la mano me fui al taller. “Paran todo y me hacen esto”. Y a la media hora tenía la página compuesta, en pruebas de primera.
La leí y todo bien. Pero eran ya como las ocho de la noche y yo llevaba 24 horas de baile, en una mala época de mi vida (líos sentimentales), encima. De modo que la llamé a la pobre L. (que no tenía poco trabajo) y le dije: “Mirá L., me voy a casa. Está todo bien. La página mía está entregada”.
Al día siguiente llegué al diario a las 2 de la tarde, como siempre. En la puerta me crucé con I.A., el jefe de Corrección. “Martín: anoche vi tu página, la paré y la corregí yo mismo; no dejé que la tocara nadie más. Le tuve que cambiar todo porque donde vos habías puesto fisión te lo cambiaron por fusión. ¡Quedó fenómeno!¡Qué buen artículo!¡Qué claro!”.
Esa tarde mi teléfono sonó a lo loco. Yo no sabía dónde esconderme. El físico atómico me llamó: “Usted no puede haber escrito eso. Eso ha sido culpa de la imprenta, ¿verdad?”.
Al mediodía siguiente, al entrar, me volví a cruzar en la puerta del diario con el jefe de Corrección. “Por tu culpa me han echado”, fue todo lo que alcanzó a decirme, colorado de rabia. Juro que yo no hice nada. Sólo le pasé las pruebas de imprenta al director ejecutivo, el que me había encargado de ocuparme full-time a la energía atómica.
Aurora: vos preguntabas qué pasa con los correctores en los diarios hoy. Mirá lo que pasaba hace 30 años. Esto son anécdotas de un pasado distante. Yo aprendí la importancia de los correctores en mis años niños de Editorial Abril en la década de 1960, cuando siendo apenas un aprendiz de periodista, como castigo me mandaban los sábados por la noche a la imprenta a revisar los pliegos de
Panorama, página por página. Se me pone la piel de gallina al pensar hoy la responsabilidad que tenía: otro día te cuento lo que me pasó una madrugada con las tetas desnudas de unas coristas japonesas en plena orgía moral del régimen ultracatólico del general Onganía.
Cordialmente, Martín
PD: Para una idea de qué era ser periodista en la Argentina en los años 70-80, mirá lo que he escrito aquí:
http://blogs.periodistadigital.com/sonarespana.php