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Full Version: La función (¿la existencia?) de los correctores en los diarios
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Hola, colegas.

A partir de un intercambio que tuvimos con Miguel Wald, se me ocurrió comenzar a investigar sobre la situación de los correctores en los periódicos. (En el título, usé 'diarios' porque los argentinos lo usamos como sinónimo de 'periódico', sin importar que sea de aparición diaria o no).

Con frecuencia se comentan los errores que aparecen en la prensa escrita y se repite que «la mayoría de los períodicos (ya) no tiene correctores entre su personal editorial».

¿Es realmente esa la situación? ¿En qué diarios (en español y en otros idiomas) sí continúa existiendo la presencia del corrector? ¿Cuántos correctores necesita un diario de, digamos, cien páginas?

De eso se tratará este tema que propongo.

Agradezco de antemano todas las intervenciones que deseen hacer sobre este tema. Por ejemplo, si les consta que tal o cual diario de Ecuador tiene dos correctores o si les consta que tal otro diario británico tuvo correctores históricamente, pero ahora (por reducción de costos) ya no los tiene.

Para abrir el tema, voy a incluir una carta que me envió un estimado palabrista, Martín Felipe Yriart.

Martín es un periodista argentino muy capo que vive en España hace varios años y tiene muchísimas experiencia en el tema.

¡Gracias, Martín por la información!

Smile Au
Madrid. Abril 3, 2007.

Querida Aurora:

Como la vida tiene más vueltas que una oreja (dice el tango que cantaba Rosita Quiroga: Pato, de Rubén Collazo), sin haber trabajado nunca en La Nación llegué a conocer ese diario por dentro mejor que mi casa.

Un día, en los años negros (1982, exactamente), me llama un conocido de allí y me pide una colaboración sobre un tema de mi especialidad. Era complicado, porque yo tenía que escribir sobre un asunto sobre el que tenía una opinión muy personal y comprometida, pero en el que podía sospecharse algún conflicto de interés (inexistente).

No podía decir que no. Echado de todas partes, era publicar con firma nada menos que en La Nación. Para zanjar por adelantado toda discusión, decidí escribir rabiosamente (no sabés lo que me costó el ejercicio estilístico) en primera persona: “Yo pienso que...”.  Para que nadie pudiera dudar de que yo estaba hablando por mí mismo, y no en nombre de una institución pública para la que trabajaba (y de unos fabulosos intereses económicos que había por detrás), y que en ese tiempo estaba muy sobre el tapete en nuestro país. Así que, con todo horror, “Yo” de aquí y “Yo” de allá. Y qué te cuento que entre ida y vuelta de las pruebas de imprenta, sin yo comerla ni beberla, sentadito en mi casa, el artículo en primera persona salió sin la firma.

Sí, Aurorita: en aquel diario que in illo tempore presumía de ser un parangón de la prensa de calidad en todo el orbe hispanohablante, un kilométrico artículo de opinión escrito en primera persona y emplazado a cuatro columnas en cabeza de página impar, frente a los editoriales, salió sin la firma.

En aquella época yo desayunaba en la cama, te juro, justamente con ese diario. Por eso no me caí de culo al suelo, esa mañana, al ver el artículo que... salió sin la firma. Ventajas de leer el diario en la cama. De modo que me levanté, me duché, me vestí, mascullé un poco, y me fui de cabeza a hablar con J.C.E., que era entonces quien manejaba ese diario con mano de hierro.

No sé cómo me recibió. Tuve que hacer media hora de antesala en un cuartito sin ventanas, de los que se usan para escanear a los potenciales portadores de bombas o armas de fuego. Finalmente una secretaria invisible me hizo pasar.

J.C.E. me recibió muy tieso detrás de una mesa-escritorio tipo portaaviones, de las que mi padre llamaba “de ministro”.
“¿Qué lo trae esta vez por acá, Martín?” Porteño canchero.
Era la segunda vez que nos veíamos en privado y la anterior, muy pocos meses antes, había tenido que ver con la institución para la que yo trabajaba (y no te imaginás la cantidad de dinero, intereses, poder, en juego entonces).

En el medio, mirá vos, había un pequeño detalle, con nombre de mujer, que a J.C.E. le había costado un fuerte disgusto, con psiquiatra incluido, y a mí me costaría pronto otro, más leve (divorcio).

Entonces desenvaino y le muestro la página fatídica.

J.C.E., con su mejor cara de ladrillo, me dice: “Esas cosas pasan, Martín. Usted sabe”.

Y ahí me cuenta que La Nación arrastraba en aquellos años un piso de 50 erratas por edición, inerradicable.

Y no me estaba haciendo el verso. El pequeño detalle con nombre de mujer, que era la verdadera causa de la incomodidad de nuestra conversación, ya me lo había contado, en plan confidencias íntimas.

Trabajando para su tesis de doctorado, ella había conseguido que le dieran una mesa en la redacción del diario y le dejaran leer todo el papel que iba a la imprenta (era todavía la era de la linotipo Mergenthaler, tan romántica), con todas las correcciones manuscritas en diferentes colores jerárquicos, de cuatro o cinco manos, según la importancia de los textos.

J.C.E. tocó un timbre, habló por un intercomunicador, y al cabo de un incómodo rato de espera apareció un señor canoso y atribulado, jefe de la mesa de Corrección.

Fue una mera charla protocolar, porque ya estaba todo dicho. El hombre canoso me leyó las estadísticas y me contó todas las medidas que habían adoptado, y cómo habían fracasado. La Mesa de Corrección de La Nación estaba formada entonces por veteranos periodistas que además eran profesores de lengua y poco menos que académicos.

Al día siguiente, en la página de los editoriales, La Nación publicó una corrección en la que decía que por un error técnico en el artículo que el día anterior se había publicado en la página tal con el título tal “se había omitido el nombre del autor”.

Aurora, ¡agarrate!: “del autor” (sic). Pero de su nombre (MI NOMBRE), ¡¡¡ni rastro!!!.

Llorá. Reíte. Creémelo o no. ¿Hay gremlins o yo sufro de manía persecutoria?

Demás está decir que no he vuelto a ver a J.C.E. nunca más en mi vida. Al poco tiempo me divorcié y ya perdí todo contacto con la parte del mundo que nos unía.

Por esa misma época (un poco antes, las cosas pasan muy rápido: fue mediados de 1976) yo trabajaba en La Opinión. Fue una época muy dura: justo el golpe de Videla & Co.. La mano dura. Timmerman me manda decir que dejara todo lo que estaba haciendo (medio diario, entre cosa y cosa) y que me dedicara  exclusivamente a la energía atómica (¿?).

Era una manera de quedar bien él con un sector de los militares en el poder, sin bajarse groseramente los calzones ante el lector.

De modo que la llamé a L., que era mi Nº 2 de facto en casos de urgencia, le dije negrita hacete cargo de todo, que lo sabés hacer muy bien; y me pedí un auto, y me fui directo a la CNEA.

Me atendieron muy bien, me preguntaron qué quería, se los expliqué, y en los meses siguientes viví literalmente con ellos. Viajes por todo el país, y a Alemania, Brasil, Canadá, Italia, EE.UU. y ya no sé adónde más.

Llegaba a mi casa de noche, apagaba la luz del solitario dormitorio, miraba para el lado del ropero de tres espejos y me preguntaba por qué mi cuerpo no producía la luz azul fosforescente del efecto Cherenkov.

Lo más duro de explicar en aquella época era el fenómeno de la fusión nuclear: cómo de dos núcleos atómicos livianos se puede producir uno más pesado; o sea, al revés de la fisión.

Pero di con la persona indicada: un físico teórico joven (el doctor M.), que me dedicó toda una didáctica mañana para explicarme el asunto. Salí de allí, crucé toda la ciudad de Buenos Aires en taxi, desde Núñez hasta Barracas al Sur. Me acuerdo como si fuera ayer que me costó 51 pesos: más o menos lo que una cena en el Plaza o una noche con la chica más cara del Café Orléans.

Llegué al diario, me metí en mi pecera, escribí furiosamente. Me golpeaban la puerta y no les hacía caso. A eso de las ocho salí con 16 carillas, le arranqué una página a L. y me fui a hablar con el jefe de Arte.

En ese diario no se publicaban notas de 16 carillas sin ilustraciones sin permiso de Dios. Con los papeles en la mano me fui al taller. “Paran todo y me hacen esto”. Y a la media hora tenía la página compuesta, en pruebas de primera.

La leí y todo bien. Pero eran ya como las ocho de la noche y yo llevaba 24 horas de baile, en una mala época de mi vida (líos sentimentales), encima. De modo que la llamé a la pobre L. (que no tenía poco trabajo) y le dije: “Mirá L., me voy a casa. Está todo bien. La página mía está entregada”.

Al día siguiente llegué al diario a las 2 de la tarde, como siempre. En la puerta me crucé con I.A., el jefe de Corrección. “Martín: anoche vi tu página, la paré y la corregí yo mismo; no dejé que la tocara nadie más. Le tuve que cambiar todo porque donde vos habías puesto fisión te lo cambiaron por fusión. ¡Quedó fenómeno!¡Qué buen artículo!¡Qué claro!”.


Esa tarde mi teléfono sonó a lo loco. Yo no sabía dónde esconderme. El físico atómico me llamó: “Usted no puede haber escrito eso. Eso ha sido culpa de la imprenta, ¿verdad?”.

Al mediodía siguiente, al entrar, me volví a cruzar en la puerta del diario con el jefe de Corrección. “Por tu culpa me han echado”, fue todo lo que alcanzó a decirme, colorado de rabia. Juro que yo no hice nada. Sólo le pasé las pruebas de imprenta al director ejecutivo, el que me había encargado de ocuparme full-time a la energía atómica.

Aurora: vos preguntabas qué pasa con los correctores en los diarios hoy. Mirá lo que pasaba hace 30 años. Esto son anécdotas de un pasado distante. Yo aprendí la importancia de los correctores en mis años niños de Editorial Abril en la década de 1960, cuando siendo apenas un aprendiz de periodista, como castigo me mandaban los sábados por la noche a la imprenta a revisar los pliegos de Panorama, página por página. Se me pone la piel de gallina al pensar hoy la responsabilidad que tenía: otro día te cuento lo que me pasó una madrugada con las tetas desnudas de unas coristas japonesas en plena orgía moral del régimen ultracatólico del general Onganía.

Cordialmente, Martín

PD: Para una idea de qué era ser periodista en la Argentina en los años 70-80, mirá lo que he escrito aquí: http://blogs.periodistadigital.com/sonarespana.php
Hola, Au.

Como tengo un rato, te cuento.

Entre octubre del 2001 y abril del 2002 despidieron a la mitad del personal de talleres del diario "Levante-El Mercantil Valenciano", de la ciudad de Valencia. El personal que quedó, no corrige, solo teclea. O sea, en este periódico ya no hay correctores desde abril del 2002: cada periodista es responsable de lo que escribe. Son así de chulos (no los periodistas, sino los mandamases).

Antes de octubre del 2001 éramos once correctores más tres teclistas que, al acabar su tarea específica, hacían a veces las funciones de corrección. (No era nada habitual que coincidiéramos once correctores el mismo día; de hecho, no había ordenadores para todos; solo podíamos usar ocho o nueve ordenadores normalmente.)

El periódico solía y suele tener (excepto en agosto) una media de 80 o 96 páginas. Nuestra jornada laboral oficial era de seis horas (solíamos acabar a las once u once y media de la noche la edición).

Solo una correctora tenía la titulación de Filología Hispánica (aunque la contrataron como mecanógrafa; meses después la pasaron a corrección, ¡pero no vio aumentado su sueldo!); había otro con alguna licenciatura de la Facultad de Historia; una diplomada en Magisterio (bastante buena en corrección); otro licenciado en Derecho (no demasiado bueno); tres que éramos autodidactos (los pata negra, los auténticos, en el sentido de preocuparnos de verdad por el trabajo de corrección), y cuatro más que eran vagos e ignorantes. De todo hay en la viña del Señor.

Si quieres más datos, los pides.

Salud.

Andreu Moreno
Traductor i corrector
46018 València
Aquí, en España, sé de varios diarios donde hay equipo de correctores: La Vanguardia, El Periódico de Catalunya, 20 Minutos, El Correo Gallego, La Voz de Galicia.

En América, lo sé a ciencia cierta de: Prensa Gráfica (San Salvador), Prensa libre (Guatemala), El Tiempo (Bogotá), El Universal (Caracas), La Opinión (Los Ángeles), Hoy (Chicago), El Nuevo Herald (Miami), La Estrella (Fort Worth).

El número de correctores de los casos que conozco varía entre 4 y 6 personas.

Suyo

Alberto Gómez Font
Hola a todos:

Muchas gracias Aurora por tu mensaje y tu invitación a participar. Como ya he comentado en otro foro en el que se discute sobre este tema, me interesa la presencia actual de los correctores en los periódicos. Colaboro con UniCo (Unión de correctores en España http://www.uniondecorrectores.org) y siempre nos preguntamos por la labor actual de los correctores en los periódicos y nos lamentamos de que se vaya perdiendo poco a poco este oficio y sus causas reales.

Hace unos diez años sé que había correctores en la mayoría de los periódicos españoles de más tirada como El Mundo, ABC,... Ahora las cosas han cambiado y es una pena y quizás tenga que ver con la modernización de los talleres y las nuevas tecnologías aunque está claro que los correctores ortográficos tienen muchos fallos,... Sí que empiezan a surgir los correctores en otros medios de comunicación como en las revistas (socios de UniCo me confirman AR, Quo, Así son las cosas, Elle y el diario La Razón).

Un saludo desde Madrid,
Carmen Fernández Etreros
carmenfetreros@wanadoo.es http://ununiversodecosasminimas.blogspot.com
Muchas gracias por tu participación, Carmen.

Ojalá en este tema que tenemos sobre el tapete puedas conseguir información para ver qué es lo que realmente ocurre en materia de corrección.

Escribí a varios periódicos, pero no recibí respuestas aún.

Smile Au
Madrid. Abril 7, 2004.
At.: aurora@alephtranslations.com

Querida Aurora:

Tu inquietud acerca de la intervención de los correctores en el proceso de edición periodística me quedó dando vueltas por la cabeza.

Alguna vez, para un curso de iniciación en periodismo, se me ocurrió explicar cómo era el proceso de edición de textos, dentro del ciclo más complejo de la producción y recepción de información en los medios: el ciclo suceso-noticia-transmisión-recepción-efectos-retorno.

En la producción del texto mismo, desde la mesa del redactor a la página compuesta, maquetada, editada y lista para imprimir hay por lo menos una veintena de pasos, de los que sólo el primero es propiamente del de la redacción.

Aquello quedó en la pizarra de un aula de la Escuela de Letras de Madrid y nunca volví a ocuparme de esa historia. Aprovechando el ocioforzocio de Semana Santa, me senté un rato a reconstruir ese proceso.

He llegado a contar hasta 20 pasos, aunque he simplificado alguno, que no agrega nada sustancial: me he referido sólo al texto del artículo, no a los titulares, pies de foto y otros textos auxiliares, que se producen en una etapa independiente del texto, aunque los responsables sean generalmente los mismos. Tampoco se incluyen las etapas previas que conducen a la generación del texto original.

Este proceso de edición en tantos pasos, que puede parecer monstruoso, hoy, con la velocidad y las facilidades de los programas de procesamiento de textos y maquetación digital, era la rutina en las empresas editoriales en las que trabajé yo en gran parte de mi carrera profesional.

Aunque en honor a la verdad, hay que destacar que eran empresas del segmento de la “prensa de calidad”, donde se ponía un especial cuidado en la información y la edición.

Por cierto, este método de trabajo requería regimientos de gente, con funciones especializadas muy definidas. En cada revista de la Editorial Abril había un coordinador dedicado exclusivamente a hacer el seguimiento de este proceso.

Las redacciones de las revistas de Abril estaban en pleno centro de Buenos Aires (Leandro Alem y Paraguay), y los talleres, a una hora de allí, en Florida, provincia de Buenos Aires. Los materiales circulaban en papel, transportados por un coche-correo.

En una época de mi trabajo en el semanario Panorama, me tocaba irme una noche al taller, a hacer la revisión final de los pliegos centrales impresos en color, que yo mismo editaba en la redacción: una especie de “revista ilustrada dentro de la revista”: arte, espectáculos, sociedad, ciencia.

Del resto de las secciones, que se imprimían en blanco y negro y eran mayormente de texto, se ocupaba el coordinador general. Por suerte en esa época yo vivía en Belgrano R, a un paso de Florida, y mi mujer también era periodista y se había iniciado en la profesión de mi mano –porque el cierre del color en el taller caía siempre en sábado a la noche...

En La Opinión, la redacción, en cambio, estaba puerta por medio del taller. Pero para evitar cortocircuitos, la puerta que los separaba sólo podía ser transpuesta por el editor a cargo, el jefe de corrección, o el jefe de máquinas. Allí, además de ser editor jefe de un área del diario, a mí me tocaba ser editor a cargo una vez por semana.

Hoy el ciclo se ha simplificado y acelerado, gracias a la tecnología digital, pero los componentes básicos del proceso se conservan, adaptados naturalmente a la nueva tecnología.

A la descripción de los procesos y funciones, he agregado algunos comentarios acerca de cómo la tecnología ha cambiado y cambiará todavía más estos procesos.

He escrito todo esto pensando en el lugar que tienen los correctores en la producción de los medios, y cómo la tecnología está cambiando su función, como la de todos los que intervienen en la producción de la noticia.

Espero que esto que te ha intentado explicar en el Adjunto te resulte de alguna manera útil y desde ya te lo envío para que lo uses libremente  como mejor te parezca.

Cordialmente,
Martín
Yo he trabajado en tres periódicos de Puebla, México. En El Heraldo éramos tres más quien nos coordinaba para hacer una edición de 16 páginas en formato sábana; corregíamos en pantalla las notas y lo mismo pasaba con las páginas ya formadas, a las cuales sólo les veíamos titulares, pies de grabado y alguna cosita más. El pretexto era que había que enviar los archivos muy temprano a la ciudad de México para que hicieran la impresión, por lo cual trabajábamos de 4 de la tarde a 8 de la noche, cuando mucho.

Después en el diario Intolerancia tuvimos seis correctores; hacíamos 32 páginas tabloide más 4 suplementos de 8 páginas y una revista de 64, la cosa era de 5 de la tarde a poco antes de la medianoche. Las notas se revisaban en pantalla y las páginas armadas en papel.

Finalmente estuve en el periódico digital E-consulta. La edición era de 10 a 15 notas, todo lo revisaba en pantalla, comenzaba a las siete de la noche y estaba listo a eso de las 11 de la noche, aunque había una actualización con adelantos de información, que se hacía por ahí del mediodía y la revisaba en una hora.

Sé que de los tres periódicos que cuento sólo Intolerancia no mantiene el mismo número de correctores: ahora son 4 por cuestiones de economía empresarial.

En otros periódicos poblanos hay equipos de correctores, pero no sé cómo trabajan ni cuántos los integran; me refiero a los diarios Síntesis, El Sol de Puebla, Cambio  y Milenio.

Víctor Medina desde Puebla, México
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