Como muchos de mi generación, recuerdo de memoria los octosílabos del final de la Cantata Santa María de Iquique, la que cantaban los Quilapayún. Eso de: "Ustedes, que ya escucharon / la historia que se contó, / no sigan allí sentados / pensando que ya pasó".
Pasó en Iquique, pasó en Tlatelolco, pasó en este sur del sur, y, como dice Yaotl, aquí seguimos. El texto que acaba de poner Atenea me recordó una crónica que escribí para Apuntes hace un par de años, cuando se cumplieron 30 del terrible y miserable golpe militar, el último, que devastó estas tierras. Me permito reproducirla acá, a continuación, a manera de homenaje a las víctimas de Tlatelolco y de cada rincón del universo donde los criminales de siempre siguen pretendiendo adueñarse de tierras, de aguas, de alimentos, de combustibles, de vidas, y espero pueda ser esta también una forma de decirle a mis amigos, mis hermanos, de México, que esta es mi mano tendida hacia ellos, y que no dudo de que también es la mano de esos cientos de miles que, ese día, hace tan poquito, caminamos por las calles de Buenos Aires. Para que nunca más. Y para celebrar, una vez más, y a pesar de ya sabemos quiénes, la vida.
Buenos Aires, 24 de marzo del 2006.
Hoy salimos a caminar. Pasó por casa mi hermano, con su jermu y su hijo (mi sobrino [o zorrino, como suelo decirle] Santi), y un amigo de ellos con su hija, y salimos a caminar ellos, mi jermu, mis hijos y yo.
Caminamos un poco más de un par de kilómetros, hasta la Plaza de Mayo, junto a cientos de miles de personas (o algo así, vaya uno a saber).
Caminamos todos acordándonos de que hace treinta años unos hijos de mil puta decidieron que no camináramos, o que, si éramos muchos juntos, sólo podíamos caminar hasta las seccionales de policía, y pasar allí la noche, y vaya uno a saber si después volvíamos casa o no volvíamos nunca más.
Y entonces eso. Hoy salimos a caminar para que nunca más. Salimos a caminar para acordarnos de que, pese a esos hijos de mil puta, asesinos, criminales, delincuentes, estamos vivos, y caminamos, y les decimos que no, que somos los argentinos, la inmensérrima mayoría de los argentinos; y les decimos que no, que ellos no son los argentinos, o, por lo menos, que ellos no son los argentinos que nosotros queremos, que ellos son lo más despreciable de la especie humana, que ellos son eso de un centímetro por abajo del cerdo, y que eso no es lo que queremos.
Hoy salimos a caminar y después volvimos a casa y yo los invité con empanadas de carne bien picantes, y con vino del bueno, y con música de la buena, y los invité fundamentalmente con las ganas de invitarlos, y brindamos, brindamos todos, porque estamos acá, caminando, comiendo empanadas y brindando aunque ellos, y ya he dicho quiénes son ellos, no lo quisieron, aunque ellos, y ellos son lo peor que camina entre nosotros, trataron de la peor manera de impedirlo. Hoy, sí, salimos a caminar, porque estamos vivos, porque sobrevivimos y vivimos, y porque estamos decididos a seguir caminando y a vivir como ojalá todos podamos vivir. Ellos también, aunque no quieran que todos vivamos como ellos.
Ojalá todos. Un día.
Hoy, 24 de marzo del 2006, se cumplieron treinta años del golpe militar más criminal, más asesino, más lleno de delincuentes de la historia de este terruño tan querido que tenemos por acá, en el sur del sur. Hoy salimos a caminar. ¿Y saben qué? Estoy contento. Y perdonen.
M.