28-09-2008, 07:19 PM
(28 de septiembre de 2008)
Hoy, tras votar por primera vez en Austria, heme aquí nuevamente en
Varsovia. Salí del hotel orillando las 16:30 y enfilé para el
centro. Tras dos semanas de amagues invernales, el sol se ha
arrepentido de su mal humor de esta quincena. La gente pululaba por
Novy Swiat, hecha peatonal para el caso, entre quioscos de productos
gastronómicos regionales que desestimé con una fuerte dosis de
heroísmo: quesos, embutidos, pan casero, pasteles… Pasaban las
parejas devorando exquisiteces sostenidas con dificultad con las
manos libres. Familias enteras. Los viejos de siempre. Los cafés y
restoranes derramando sillas y mesas sobre las aceras, atestados de
gente, mucha enfrascada ya en la cena. Gente y gente y gente. Cada
tanto un guitarrero o un acordeonista de varia pericia y, delante,
sombrero invertido en mano, la muchacha o el padre a la busca de la
ocasional moneda. De pronto, una especie de anfiteatro improvisado.
Sillas en hilera casi hasta la mitad de la calzada. Del otro lado,
en una carpa y sobre un escenario improvisado, una rubia de toda
rubiedad, acompañada por tres o cuatro rubiones, canta con voz
pastosa y queda una melodía entre arrulladora y triste. Es entonces
cuando caigo en cuenta de que esa gente, esas parejas que se bromean
y se ríen con los carrillos repletos, esas familias de niños de ojos
infinitamente celestes, esos viejos que caminan como cruzas de
pingüino y paquidermo, no hacen ruido. Toda la fiesta es en
silencio. Hasta el bebé que se retuerce furibundo en su cochecito
como profundamente disgustado por el planeta parece que berreara con
sordina.
De pronto, en medio del círculo que crean a su lado los viandantes
como el torrente interrumpido por un islote en cuyo medio hubiera un
arbusto solitario, una vieja ínfima y torcida, apoyada apenas pero
decisivamente en su báculo nudoso, la mano como truncada por los
dedos artríticos que casi no pueden abrirse para recibir la moneda
que a nadie se le ocurre dar, parece un signo de interrogación.
Me siento al borde de la ciudad vieja, a tomarme mi cerveza de
siempre que acabo de llegar y es domingo y el sol del verano prepara
lentamente sus maletas. Y, como siempre, me voy acomodando al
crepúsculo: Ha llegado la hora del conato de melancolía. A mí mi
melancolía me gusta caminarla, de modo que pago, Saco la otra pipa
(porque yo soy un Don Juan del tabaco: nunca fumo la misma pipa dos
veces seguidas), la cargo con nostalgiosa parsimonia, la enciendo
sin prisa, me cercioro de que tira bien, arrojo la primera fumarada
modestamente triunfal, y vuelta a la huella. Decido regresar por un
camino que no me conozca de memoria. Me meto por una calle que
calculo paralela a Novy Swiat y de improviso me veo sobre un puente
bajo el cual sale una avenida llegada, seguramente, de la otra
margen del Vístula, desde la que los soviéticos miraron impasibles
cómo los alemanes masacraban a los polacos retobados que se habían
alzado, lamentará Stalin más tarde, "prematuramente". Del otro lado
del puente que no es tal (porque la avenida ha llegado como por un
túnel) me meto en un parque que creo no conocer y me resulta,
empero, raramente familiar. Hay en medio una como pista de patinaje
en la que juegan al fútbol tres muchachitas (¿hace falta aclararlo?,
rubias) de unos quince o dieciséis años. Creo que es la primera vez
que veo mujeres jugando al fútbol en la calle. Pero la plaza,
insisto, le he tenido alrededor ya alguna vez… ¡Claro! Es lo que era
el gueto de Varsovia. Por acá andará el monumento a Mordejái
Anilévich, el pibe de 20 pirulos que encabezó el levantamiento (que
los polacos que estaban por levantarse dejaron sofocar como pronto
les tocaría a ellos con los rusos) y cayó combatiendo. El gueto de
Varsovia resistió más tiempo que Francia, pero los franceses están
convencidos de que ellos también ganaron la guerra… ¿Será porque los
americanos los dejaron entrar primeros en París? Bueno, primeros, lo
que se dice primeros, no exactamente, porque los primeros primeros
fueron los tanques de los republicanos españoles, pero esa es otra
historia.
Del otro lado del parque ya casi del todo anochecido, enfrentados
calleja por medio, dos vetustos edificios de cinco pisos,
descalabrados entre los andamios recientes. Han quedado, parece, de
entonces. Serían de los primeros ya fuera del gueto, porque los de
dentro volaron todos por los aires, como el resto de Varsovia ("no
hay razón para la subsistencia de Varsovia -explicaba Hitler-, la
capital de Polonia debe quedar solo como una noción geográfica, un
punto en el mapa"). ¿Cómo se habrán salvado entonces y cómo después
hasta ahora? En cada una de las ventanas tapiadas de la ochava, el
primero tiene enormes fotos en blanco y negro. No llego a distinguir
los rostros (son retratos), pero sospecho que son de algunos de los
judíos que seguramente en ellos antes de verse obligados a mudarse
del otro lado de la calle. Trataré de averiguarlo en estos días.
Si una cosa buena ha quedado del paso de Stalin por este mundo, es
la función orientadora del Palacio de la Cultura que plantó en medio
de esta ciudad. El edificio es monstruoso, pero, las cosas como son,
para el caminante es lo que un faro para los marinos. Oteo el
horizonte encima de las copas de los árboles y, cómo no, allá atrás
alza su aguja. Unos pasos más y aparece el nuevo "sky line"
varsoviano. La recua todavía rala, pero seguro que no por mucho
tiempo, de torres de cemento y de cristal. Me dan pena. No por feas
(las hay mucho peores, y estas, además, no están tan mal). Sino
porque las miro entre las lagañas del sueño que tuve, del sueño de
tan triste y tan trágico despertar. Amarcord que cuando en Moscú
construyeron las tres o cuatro primeras –tan invariablemente quiero
y no puedo- allá por los años sesenta y largos, horribles como sí
eran, me llenaron de orgullo: ¡Resulta que sí se podía acabar con el
latifundio y tener edificios de veinte pisos! ¡Cuánta ingenuidad!
¡Cuánta inocencia! Inocencia a medias, es cierto, porque el ojo
tiene leyes que la razón no maneja… bueno, no siempre.
Llego por fin al predio del Palacio (han de ser, fácil fácil entre
20 y 30 manzanas (unos 600 metros de norte a sur y otros 400 de este
a oeste)… Claro, si algo sobraba donde había estado Varsovia era
espacio. Comino a lo largo de su silueta de Ciudad Gótica del
socialismo real y me imagino que pueda aparecer Batman con estrella
roja en la capa y Robin con un diente de oro.
El paraje está prácticamente desierto. Pero avenida traviesa, por
entre los cristales de los tranvías, la ciudad bulle bañada en neón.
Y así llego hasta mi hotel de siempre, el Metropol, modestoso pero
eficiente y limpio. Alguienita me llama, como hemos quedado, a las
ocho en punto. Del otro lado de Europa, del Atlántico y del ecuador,
Xóchitl grita "Papu! Papu!" y Valeria casi se estrella contra el
revés de mi pantalla ostentando el chicle que sabe que detesto.
Falta un mes. El tiempo, que pasa siempre volando y con la edad más
todavía, de pronto se ha hecho insoportablemente lento.
sergio
Nota para los foráneos. El tango citado en el título es "Ancláu en
París", de Enrique Cadícamo (por esas cosas de la vida y de la
Argentina, poeta tanguero de origen nada menos que albanés!)
Lleváu por la vida de errante bohemio
estoy, Buenos Aires, ancláu en París.
Cubierto de malas, bandado de apremios,
te evoco desde este lejano país.
Contemplo la nieve que cae lentamente
desde la ventana que da al bulevar;
las luces rojizas de tono mueriente
parecen pupilas de extraño mirar.
Lejano Buenos Aires, qué lindo que has de estar!
Ya van para diez años que me viste zarpar.
Aquí, en este Montmatre, fauburg sentimental,
yo siento que el recuerdo me clava su puñal.
Cómo habrán cambiado tu calle Corrientes,
Suipacha, Florida... el mismo arrabal!
Alguien me ha contáu que estás floreciente
y un juego de calles se da en diagonal.
Si vieras las ganas que tengo de verte
y aquí estoy varáu sin plata y sin fe.
Quién sabe un día de estos me encane la muerte
y, chau, Buenos Aires, no te vuelvo a ver!
Iba escribiendo (y oyendo con los oídos de la memoriaal Zorzal
cantando "arcláu por la vida...") y se me entraron a piantar
lagrimones. No hay nada que hacer: cuarenta años de yirar poráy no
han hecho mella. Sigo siendo un porteño irredento.
sergio
Hoy, tras votar por primera vez en Austria, heme aquí nuevamente en
Varsovia. Salí del hotel orillando las 16:30 y enfilé para el
centro. Tras dos semanas de amagues invernales, el sol se ha
arrepentido de su mal humor de esta quincena. La gente pululaba por
Novy Swiat, hecha peatonal para el caso, entre quioscos de productos
gastronómicos regionales que desestimé con una fuerte dosis de
heroísmo: quesos, embutidos, pan casero, pasteles… Pasaban las
parejas devorando exquisiteces sostenidas con dificultad con las
manos libres. Familias enteras. Los viejos de siempre. Los cafés y
restoranes derramando sillas y mesas sobre las aceras, atestados de
gente, mucha enfrascada ya en la cena. Gente y gente y gente. Cada
tanto un guitarrero o un acordeonista de varia pericia y, delante,
sombrero invertido en mano, la muchacha o el padre a la busca de la
ocasional moneda. De pronto, una especie de anfiteatro improvisado.
Sillas en hilera casi hasta la mitad de la calzada. Del otro lado,
en una carpa y sobre un escenario improvisado, una rubia de toda
rubiedad, acompañada por tres o cuatro rubiones, canta con voz
pastosa y queda una melodía entre arrulladora y triste. Es entonces
cuando caigo en cuenta de que esa gente, esas parejas que se bromean
y se ríen con los carrillos repletos, esas familias de niños de ojos
infinitamente celestes, esos viejos que caminan como cruzas de
pingüino y paquidermo, no hacen ruido. Toda la fiesta es en
silencio. Hasta el bebé que se retuerce furibundo en su cochecito
como profundamente disgustado por el planeta parece que berreara con
sordina.
De pronto, en medio del círculo que crean a su lado los viandantes
como el torrente interrumpido por un islote en cuyo medio hubiera un
arbusto solitario, una vieja ínfima y torcida, apoyada apenas pero
decisivamente en su báculo nudoso, la mano como truncada por los
dedos artríticos que casi no pueden abrirse para recibir la moneda
que a nadie se le ocurre dar, parece un signo de interrogación.
Me siento al borde de la ciudad vieja, a tomarme mi cerveza de
siempre que acabo de llegar y es domingo y el sol del verano prepara
lentamente sus maletas. Y, como siempre, me voy acomodando al
crepúsculo: Ha llegado la hora del conato de melancolía. A mí mi
melancolía me gusta caminarla, de modo que pago, Saco la otra pipa
(porque yo soy un Don Juan del tabaco: nunca fumo la misma pipa dos
veces seguidas), la cargo con nostalgiosa parsimonia, la enciendo
sin prisa, me cercioro de que tira bien, arrojo la primera fumarada
modestamente triunfal, y vuelta a la huella. Decido regresar por un
camino que no me conozca de memoria. Me meto por una calle que
calculo paralela a Novy Swiat y de improviso me veo sobre un puente
bajo el cual sale una avenida llegada, seguramente, de la otra
margen del Vístula, desde la que los soviéticos miraron impasibles
cómo los alemanes masacraban a los polacos retobados que se habían
alzado, lamentará Stalin más tarde, "prematuramente". Del otro lado
del puente que no es tal (porque la avenida ha llegado como por un
túnel) me meto en un parque que creo no conocer y me resulta,
empero, raramente familiar. Hay en medio una como pista de patinaje
en la que juegan al fútbol tres muchachitas (¿hace falta aclararlo?,
rubias) de unos quince o dieciséis años. Creo que es la primera vez
que veo mujeres jugando al fútbol en la calle. Pero la plaza,
insisto, le he tenido alrededor ya alguna vez… ¡Claro! Es lo que era
el gueto de Varsovia. Por acá andará el monumento a Mordejái
Anilévich, el pibe de 20 pirulos que encabezó el levantamiento (que
los polacos que estaban por levantarse dejaron sofocar como pronto
les tocaría a ellos con los rusos) y cayó combatiendo. El gueto de
Varsovia resistió más tiempo que Francia, pero los franceses están
convencidos de que ellos también ganaron la guerra… ¿Será porque los
americanos los dejaron entrar primeros en París? Bueno, primeros, lo
que se dice primeros, no exactamente, porque los primeros primeros
fueron los tanques de los republicanos españoles, pero esa es otra
historia.
Del otro lado del parque ya casi del todo anochecido, enfrentados
calleja por medio, dos vetustos edificios de cinco pisos,
descalabrados entre los andamios recientes. Han quedado, parece, de
entonces. Serían de los primeros ya fuera del gueto, porque los de
dentro volaron todos por los aires, como el resto de Varsovia ("no
hay razón para la subsistencia de Varsovia -explicaba Hitler-, la
capital de Polonia debe quedar solo como una noción geográfica, un
punto en el mapa"). ¿Cómo se habrán salvado entonces y cómo después
hasta ahora? En cada una de las ventanas tapiadas de la ochava, el
primero tiene enormes fotos en blanco y negro. No llego a distinguir
los rostros (son retratos), pero sospecho que son de algunos de los
judíos que seguramente en ellos antes de verse obligados a mudarse
del otro lado de la calle. Trataré de averiguarlo en estos días.
Si una cosa buena ha quedado del paso de Stalin por este mundo, es
la función orientadora del Palacio de la Cultura que plantó en medio
de esta ciudad. El edificio es monstruoso, pero, las cosas como son,
para el caminante es lo que un faro para los marinos. Oteo el
horizonte encima de las copas de los árboles y, cómo no, allá atrás
alza su aguja. Unos pasos más y aparece el nuevo "sky line"
varsoviano. La recua todavía rala, pero seguro que no por mucho
tiempo, de torres de cemento y de cristal. Me dan pena. No por feas
(las hay mucho peores, y estas, además, no están tan mal). Sino
porque las miro entre las lagañas del sueño que tuve, del sueño de
tan triste y tan trágico despertar. Amarcord que cuando en Moscú
construyeron las tres o cuatro primeras –tan invariablemente quiero
y no puedo- allá por los años sesenta y largos, horribles como sí
eran, me llenaron de orgullo: ¡Resulta que sí se podía acabar con el
latifundio y tener edificios de veinte pisos! ¡Cuánta ingenuidad!
¡Cuánta inocencia! Inocencia a medias, es cierto, porque el ojo
tiene leyes que la razón no maneja… bueno, no siempre.
Llego por fin al predio del Palacio (han de ser, fácil fácil entre
20 y 30 manzanas (unos 600 metros de norte a sur y otros 400 de este
a oeste)… Claro, si algo sobraba donde había estado Varsovia era
espacio. Comino a lo largo de su silueta de Ciudad Gótica del
socialismo real y me imagino que pueda aparecer Batman con estrella
roja en la capa y Robin con un diente de oro.
El paraje está prácticamente desierto. Pero avenida traviesa, por
entre los cristales de los tranvías, la ciudad bulle bañada en neón.
Y así llego hasta mi hotel de siempre, el Metropol, modestoso pero
eficiente y limpio. Alguienita me llama, como hemos quedado, a las
ocho en punto. Del otro lado de Europa, del Atlántico y del ecuador,
Xóchitl grita "Papu! Papu!" y Valeria casi se estrella contra el
revés de mi pantalla ostentando el chicle que sabe que detesto.
Falta un mes. El tiempo, que pasa siempre volando y con la edad más
todavía, de pronto se ha hecho insoportablemente lento.
sergio
Nota para los foráneos. El tango citado en el título es "Ancláu en
París", de Enrique Cadícamo (por esas cosas de la vida y de la
Argentina, poeta tanguero de origen nada menos que albanés!)
Lleváu por la vida de errante bohemio
estoy, Buenos Aires, ancláu en París.
Cubierto de malas, bandado de apremios,
te evoco desde este lejano país.
Contemplo la nieve que cae lentamente
desde la ventana que da al bulevar;
las luces rojizas de tono mueriente
parecen pupilas de extraño mirar.
Lejano Buenos Aires, qué lindo que has de estar!
Ya van para diez años que me viste zarpar.
Aquí, en este Montmatre, fauburg sentimental,
yo siento que el recuerdo me clava su puñal.
Cómo habrán cambiado tu calle Corrientes,
Suipacha, Florida... el mismo arrabal!
Alguien me ha contáu que estás floreciente
y un juego de calles se da en diagonal.
Si vieras las ganas que tengo de verte
y aquí estoy varáu sin plata y sin fe.
Quién sabe un día de estos me encane la muerte
y, chau, Buenos Aires, no te vuelvo a ver!
Iba escribiendo (y oyendo con los oídos de la memoriaal Zorzal
cantando "arcláu por la vida...") y se me entraron a piantar
lagrimones. No hay nada que hacer: cuarenta años de yirar poráy no
han hecho mella. Sigo siendo un porteño irredento.
sergio