29-08-2008, 06:49 PM
Ayer a la madrugada, alrededor de las dos, yo estaba traduciendo y Brisa en el sillón, acurrucadita, haciéndome compañía, como siempre
. De golpe, empezó a gritar y a mover la cabeza con fuerza hacia un costado. La miré, le hablé, entre sorprendida y preocupada... pero ya era demasiado tarde: el ataque había empezado. Se bajó del sillón como una bala, enloquecida, retorciéndose, fuera de sí... corrió hacia la cocina, gritando, ladrando, dando alaridos. Para ese entonces, mi desesperación no tenía límites... no entendía qué le estaba pasando. Se tiró al piso, estiró las cuatro patas
, empezó a largar espuma por la boca y se hizo encima. Cuando con mi marido intentamos agarrarla, calmarla, limpiarla, nos quiso morder: no nos reconocía. Así estuvo casi una hora (tal vez menos, pero esos momentos se parecen mucho a la eternidad). Después subió las escaleras hacia los dormitorios, enceguecida, y se plantó delante de la puerta de la habitación de los chicos: no los dejaba salir a ellos, que estaban en un mar de lágrimas, y no nos dejaba acercarnos a nosotros. Finalmente, bajó las escaleras y empezó a mover la colita que no tiene: la pesadilla había llegado a su fin.
¿Qué le pasó? Mil conjeturas: que contrajo rabia, que tal vez podría ser moquillo, que estaba teniendo un paro cardiorrespiratorio, que tal vez tenía fiebre y estaba con una convulsión... inexplicable, todo inexplicablemente desesperante.
El diagnóstico: tuvo un ataque de epilepsia. El veterinario dice que es más común de lo que uno supone que los perritos tengan epilepsia. Nos dijo que poco podemos hacer, salvo medicarla para que, si los ataques son recurrentes, sean, al menos, más leves. De todos modos, no quiso medicarla hasta ver si lo repite, ya que este fue el primero (y único) en sus casi cuatro añitos de vida.
Sentí miedo, angustia, desesperación, impotencia... y lloré hasta el cansancio, porque creí que se moría.
Ahora, un poco más aliviada, puedo contárselos.

Gaby
. De golpe, empezó a gritar y a mover la cabeza con fuerza hacia un costado. La miré, le hablé, entre sorprendida y preocupada... pero ya era demasiado tarde: el ataque había empezado. Se bajó del sillón como una bala, enloquecida, retorciéndose, fuera de sí... corrió hacia la cocina, gritando, ladrando, dando alaridos. Para ese entonces, mi desesperación no tenía límites... no entendía qué le estaba pasando. Se tiró al piso, estiró las cuatro patas
, empezó a largar espuma por la boca y se hizo encima. Cuando con mi marido intentamos agarrarla, calmarla, limpiarla, nos quiso morder: no nos reconocía. Así estuvo casi una hora (tal vez menos, pero esos momentos se parecen mucho a la eternidad). Después subió las escaleras hacia los dormitorios, enceguecida, y se plantó delante de la puerta de la habitación de los chicos: no los dejaba salir a ellos, que estaban en un mar de lágrimas, y no nos dejaba acercarnos a nosotros. Finalmente, bajó las escaleras y empezó a mover la colita que no tiene: la pesadilla había llegado a su fin. ¿Qué le pasó? Mil conjeturas: que contrajo rabia, que tal vez podría ser moquillo, que estaba teniendo un paro cardiorrespiratorio, que tal vez tenía fiebre y estaba con una convulsión... inexplicable, todo inexplicablemente desesperante.
El diagnóstico: tuvo un ataque de epilepsia. El veterinario dice que es más común de lo que uno supone que los perritos tengan epilepsia. Nos dijo que poco podemos hacer, salvo medicarla para que, si los ataques son recurrentes, sean, al menos, más leves. De todos modos, no quiso medicarla hasta ver si lo repite, ya que este fue el primero (y único) en sus casi cuatro añitos de vida.
Sentí miedo, angustia, desesperación, impotencia... y lloré hasta el cansancio, porque creí que se moría.
Ahora, un poco más aliviada, puedo contárselos.
Gaby

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