08-07-2008, 10:49 PM
Un poquito de Borges desde la perspectiva de mi tía bisabuela, la escritora y traductora Estela Canto (y dicen que "el amor de Borges").
Au
ESTELA CANTO
"John Berger la cita sin saberlo. Victoria Ocampo la alaba. Borges la ama. Kodama la detesta. Fue secretaria de Pichón Rivière. Anfitriona de Masotta. Amiga de Cecilia Ingenieros... pero nada de todo esto justifica este libro. Nada, salvo Estela Canto, su escritura que quiere (que quiero) volver otra vez a la vida"
Graciela Musachi

En agosto de 1944, conoció a Estela Canto, una joven escritora de la que no tardó en enamorarse. Por entonces, Canto, que militaba en las filas del Partido Comunista, había recurrido a Borges, empleado de una Biblioteca Municipal, para que la ayudase con una traducción. A pesar de sus personalidades tan dispares, enseguida establecieron un vínculo basado en la intelectualidad. Ella tenía demasiadas inquietudes para el normal de la época: trabajaba como locutora de radio y traductora, era el sostén económico de su hogar, era desinhibida, usaba pantalones, y aspiraba a ser una escritora.
Desde un principio, hubo malentendidos entre ellos. “Cada mañana, cuando llegaba a casa con alguna novela en el bolsillo, tenía la actitud del festejante inoportuno que teme ser rechazado por la señorita cortejada. Esto era irritante. Él tenía 45 años y yo, 28. Edad suficiente para prescindir de esas tonterías”, describe Estela Canto en Borges a contraluz. “El amor de Borges era romántico, exaltado, tenía una especie de pureza juvenil. Se entregaba suplicando no ser rechazado, convirtiendo a la mujer en un ídolo inalcanzable, al cual no se atrevía a aspirar. No era sentimental, sino lírico.”
Borges y Canto tuvieron una intensa relación, aunque confusa y cargada de desencuentros. El Parque Lezama, testigo oculto de sus encuentros, fue el punto que Borges eligió para proponerle matrimonio. Canto había aceptado en forma tácita el noviazgo, pero no lo amaba como para casarse. Quizá por imprudencia o nerviosismo, su respuesta no tardó en llegar: “Lo haría con mucho gusto, Georgie. Pero no olvides que soy una discípula de Bernard Shaw. No podemos casarnos si antes no nos acostamos”.

AuESTELA CANTO
"John Berger la cita sin saberlo. Victoria Ocampo la alaba. Borges la ama. Kodama la detesta. Fue secretaria de Pichón Rivière. Anfitriona de Masotta. Amiga de Cecilia Ingenieros... pero nada de todo esto justifica este libro. Nada, salvo Estela Canto, su escritura que quiere (que quiero) volver otra vez a la vida"
Graciela Musachi

En agosto de 1944, conoció a Estela Canto, una joven escritora de la que no tardó en enamorarse. Por entonces, Canto, que militaba en las filas del Partido Comunista, había recurrido a Borges, empleado de una Biblioteca Municipal, para que la ayudase con una traducción. A pesar de sus personalidades tan dispares, enseguida establecieron un vínculo basado en la intelectualidad. Ella tenía demasiadas inquietudes para el normal de la época: trabajaba como locutora de radio y traductora, era el sostén económico de su hogar, era desinhibida, usaba pantalones, y aspiraba a ser una escritora.
Desde un principio, hubo malentendidos entre ellos. “Cada mañana, cuando llegaba a casa con alguna novela en el bolsillo, tenía la actitud del festejante inoportuno que teme ser rechazado por la señorita cortejada. Esto era irritante. Él tenía 45 años y yo, 28. Edad suficiente para prescindir de esas tonterías”, describe Estela Canto en Borges a contraluz. “El amor de Borges era romántico, exaltado, tenía una especie de pureza juvenil. Se entregaba suplicando no ser rechazado, convirtiendo a la mujer en un ídolo inalcanzable, al cual no se atrevía a aspirar. No era sentimental, sino lírico.”
Borges y Canto tuvieron una intensa relación, aunque confusa y cargada de desencuentros. El Parque Lezama, testigo oculto de sus encuentros, fue el punto que Borges eligió para proponerle matrimonio. Canto había aceptado en forma tácita el noviazgo, pero no lo amaba como para casarse. Quizá por imprudencia o nerviosismo, su respuesta no tardó en llegar: “Lo haría con mucho gusto, Georgie. Pero no olvides que soy una discípula de Bernard Shaw. No podemos casarnos si antes no nos acostamos”.
