30-06-2008, 12:42 AM

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente un ruido del cielo, como de viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban, y vieron aparecer unas lenguas como de fuego que se repartían posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en diferentes lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.
Residían entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno les oía hablar en su propio idioma. Todos, desorientados y admirados, preguntaban:
— ¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno les oye hablar en su lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas; otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que confina con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes, y cada uno los oye hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua.
Dios —que había condenado a los hombres a la Babel perpetua, a la confusión de lenguas y a la dispersión— concede a los apóstoles el don arrebatado a la humanidad. Dicho de otro modo se lo reserva para sí, puesto que los apóstoles no son más que eso, apóstoles, es decir, enviados, embajadores, portadores de su palabra. Dios habla por su boca y los pueblos escuchan su palabra en sus lenguas y desde sus culturas. Por ello cuando Dios, a través de sus traductores apóstoles, se dirige a los esquimales, les habla de focas y no de corderos.
V. Fernández González