No recuerdo si las había publicado aquí, pero como vienen al caso...
CRÓNICAS JAGUELÓNICAS
CRÓNICA VARSOVIEJA I
Lunes 19 de septiembre de 2005
Desde ayer que estoy nuevamente en Varsovia, al cabo de casi cuarenta años de historia mía, de Varsovia y del mundo. Casi no la reconocí: es que la vez anterior era un gélido enero de 1968, y el gris implacable del invierno potenciaba el gris inclemente de aquel socialismo "real" en el que, como tantos, creí.
Me recibió con un sol peronista que acariciaba sin maldad, como suele ser por estas latitudes, una ciudad de inmensos espacios baldíos, casi sin medianeras, vastamente extendida no se sabe del todo bien para qué. Para nada, claro, sino porque... Porque los nazis, que ya la habían bombardeado con la saña de Guernica en 1939, la dinamitaron en represalia del levantamiento de agosto de 1944. No queda, pues casi nada de Varsovia. La ciudad vieja no es tal: fue reconstruida piedra a piedra sobre la base de los cuadros del Canaletto (que Segismundo II tuvo la visión de encargarle que le pintara la ciudad, por las dudas... visionario el monarca, vio?). Dicho lo cual, fuerza es constatar, como diría la SuFís, que la reconstrucción es una maravilla: sin concesiones, no como el centro de Viena, que aun exhibe sus dientes postizos. Todo se ha puesto de colores, de colores sin exagerar, como lo son los del capitalismo septentrional, que oculta púdicamente sus McDonalds. Bares y cafés y restoranes y quiosquitos de comidas por todas partes, gente aprovechando las ultimas monedas del verano, chiquilines rubios y rechonchos, muchachas esbeltas o apenas exageradas de carnes, viejos trabados de bastones y muletas en el fondo de cuyos ojos los oftalmólogos detectarán, sin duda, el brillo inolvidable de las llamas y las ruinas. En una esquina, dos purretes de no mas de diez años, y uno seguro que de menos, se concentran en los atriles y sacan tríos sonatas barrocos de su violín, su clarinete (anacrónico, es cierto) y su violonchelo. Tocan bastante bien. Serios de toda seriedad. La gente casi ni los nota. Mi billete (diez zlotys, casi tres euros) es el segundo que les han dado. Desparramadas por el resto del estuche del violín, unas pocas monedas. Inexplicable. Casi en frente, un hombre de unos cuarenta años alza inútilmente al cielo sus ínfimos muñones. Recuerdo aquel verano del 66: Quizás en el mismo sitio habían dejado plantado, literalmente, en un cochecito de bebe a un ancestro, todo tronco y nada mas debajo de la cabeza que se paseaba lo que podía soplando como una foca de circo la armónica clavada frente a él. Pareciera que hasta los mendigos eran más esperpénticos entonces!
Y si el día es tan espléndido y en casa Alguienita se ha quedado para poner por fin un poco de orden y regañar cada tanto a Valeria porque insiste en actuar como si todavía tuviera seis años y me van a pagar un choclo de guita y la cerveza esta perfecta, por que yo regreso a la melancolía? Por el sueño perdido, casi muerto y enterrado.
Mañana (por hoy) me prometo, voy a visitar el Museo del Levantamiento. No lo se aún, pero me lo imagino: ha de ser, seguramente, el museo más difícil del mundo.
Ahora, que ya he vuelto y lo he corroborado, no tengo tiempo. Dentro de unos minutos me toca mi primera reunión dendeveras, internacional, larga y lejos. Está por comenzar, por fin, mi nueva vida y todo yo soy una paradojal ensalada de expectación y nostalgia, leticia y congoja.
Martes 19
Los chiringuitos subdesarrollados
Una de las cosas que mas profundamente me sorprendió es la proliferación de quiosquitos mas o menos improvisados, muy parecidos a los de pueblo nuestro (o de México, o de Colombia, o de Tailandia), construidos un poco a la buena de Dios y a la buena de Dios amontonados aprovechando los amplios intersticios entre edificios de concreto y acero. Son todos de comida dendeveras, del Tercer Mundo, sobre todo -oh sorpresa entre las sorpresas, pero al cabo no tanta- vietnamitas. Claro, deben ser de los que quedaron atrapados en la pleamar del socialismo real, cuando pululaban por estos y otros vecinos pagos los estudiantes indochinos llamados a retornar para reconstruir su país después del napalm y los bombardeos "sábana".
Pero también los hay magrebíes. Cuatro paredes de estuco (inmaculado, eso si), una ventana para pasar la comida y cobrar los dos o tres centavos que cuesta y, en los casos mas de pro, algunas mesas y sillas de plástico (a veces hasta cubiertas por un tinglado). Los hay por todas partes, como perenne recordatorio de que Varsovia es toda suburbio.
He comido en dos. Un kebab relativamente digno, y unos camaroncitos picantes ni lo uno ni lo otro. Me causa gracia ver esas caras de beduino o de tintorero negociando a duras penas el torrente de sibilantes necesario para decir cualquier cosa. Extraña ciudad esta, que es sin existir o existe sin ser del todo, colgada sobre el vacío de su presente entre un pasado que no volverá y un futuro que aún no llega.
Miércoles 20
Ferdy's.
Ayer unos colegas (argentino él y suiza ella) me invitaron a cenar al tal Ferdy's en el hotel Radisson. Ferdy por Ferdydurke, la novela que hizo famoso a Grombrowicz... en la Argentina, cuando apadrinaron al maestro Antonio dal Masetto, Miguel Grinberg y los demás personeros del grupo que luego fundo Eco Contemporáneo. La tradujeron más o menos entre todos con la vigilancia del autor. La mujer de Grombrowicz (que quedó anclado en nuestro país cuando la invasión de Polonia lo sorprendió haciendo una escala el 1o de septiembre de 1939 y aguantó 24 años, o sea, cinco más que este cafiolo) era francesa. Y el dueño del restorán lo ha transformado en un homenaje gastronómico a los dos países. O sea, que sirve carne argentina, qué joder, y muy pero que muy buena y bien hecha. En rigor, el homenaje termina ahí, en el "Filet steak" (es decir, el baby beef de lomo) y el onomasiológicamente misterioso "asado sirloin steak", que es ni más ni menos que el bife de chorizo con grasa. Luego hay cosas tipo "gaucho vegetable soup" (en honor a la reprimida minoría que son los gauchos vegetarianos, supongo), las "beef and almond empanadas”, el "chorizo" (vide infra mas abajo a continuación), las "gaucho fries" (papas fritas con cáscara), supuestamente "flan" supuestamente "con" supuestamente "dulce" supuestamente "de leche", amén de platos de franco corte extranjero, tipo "seafood ceviche", "crab cakes". "beef quesadilla" y, mas desembozadamente, "Chilean tomato and onion ensalada". La carne la rociamos con un excelente y, pese a la hibridez del nombre, patrio Trivento Golden Reserva - Malbec.
Quisimos empezar, claro, con un choricito, pero la camarera, una polaquita redonda y sonriente, nos previno que "mire que cada vez que me lo pide un argentino me lo tengo que llevar". Lo pedimos igual y resulto ser una fricassée, como diría la SuFis, de chorizo español picante. La carne (tanto el lomo llamado filet como el bife de chorizo llamado lomo), repito, de primera, bien cortada (dos centimetritos de espesor) y al punto perfecto. Venia acompañada, es cierto, idiosincrásicamente (sí, carissimi, idiosincráSSSSicamente, corran al diccionario si no me creen) por una rodaja de berenjena algo de zanahoria y media cabeza de ajo cortada horizontalmente, de modo que parecía media naranja con la mitad de todos los gajos, al horno. DELICIOSO. No veo la hora de probarlo.
El no flan estaba rico, pero claro, era no flan. Que sensación extraña, esta de comer carne argentina en un restorán polaco que nos homenajea por haber homenajeado a un escritor polaco que murió en Francia. Esta ciudad me gusta cada vez más.
Viernes 23
Ayer me toco la tarde (peronista todavía y parece que todo el resto de la semana) libre y decidí ir al que es ahora Ministerio de Educación y que fue en tiempos peores cuartel general de la Gestapo, a ver el museo que ha quedado en un ala del edificio donde se mantienen las salas de interrogatorio (un poco como la ESMA, vio?). El museo queda al sur directo de la ciudad vieja que queda al norte directo del Sofitel Victoria donde se celebra mi reunión. Fue cosa de llegar a la esquina, girar a la derecha y bajar tres o cuatro kilómetros buscando y esquivando alternativamente el sol a veces malevo del mediodía. Di con otra Varsovia, la Varsovia como Varsovia, que desmentía el espacioso bodrio que les contaba, en cuyo medio señorea la verruga descomunal del Palacio de Cultura, regalo de Stalin, acaso para compensar el haberse quedado de brazos cruzados mientras los nazis pulverizaban el alzamiento del otro lado del Vístula (dicen los locales que la mejor manera de ver Varsovia es desde la terraza del Palacio de Cultura, de donde se ve toda la ciudad... menos el Palacio de Cultura), pero ya me fui por las ramas y tengo mucho que caminar.
Bajo por una avenida, Novy Swiat, como lo son las de las ciudades europeas que no han sido dinamitadas, parecida, dijéramos, a una mezcla de Santa Fe y Callao, bordeada de edificios "belle époque" bien conservados, generosos en tiendas lujientas, restoranes tirando a caros y cafés como literarios, llena de flores y hormigueada de viandantes festivos. Al cabo de un kilómetro y medio o dos, a esta avenida le pasa lo que les pasa normalmente a estas avenidas: perdió viandantes, tiendas y restoranes, fue haciéndose más residencial, parecida ya, digamos, a Uriburu entre Santa Fe y Las Heras, pero siempre mona y paquetosa. Vino un inmenso rond-point (salve, la SuFis!) y tuve que elegir entre adentrarme por lo que parecía (y luego resultó) una pariente estrecha de Figueroa Alcorta o una calle ya mas de barrio. Opté por esta. En otro rond-point me detuve a manducar, en un café literaríisimo, una baguette de hongos con espinacas que estaba deputamadre. En mi redor, estudiantes en diversos grados de florecimiento. Un café parecido a los que en mi época merodeaban la facultad de Filosofía y Letras.
Camino quinientos metros más, giro a la izquierda y dos cuadras después desemboco en la calle que busco. Estoy en Palermo chico. El museo está cerrado y regreso por la pariente angosta de Figueroa Alcorta. A mi izquierda, embajadas y embajadas en lo que, se conoce, han sido palacetes de familias de pro. A mi derecha la versión de bolsillo del Bosque de Palermo. Es, misteriosamente, una franja de unos cuatro mil metros de largo y, si acaso, trescientos o cuatrocientos de ancho que se ha salvado del desastre (no creo que la hayan reconstruido; no toda, al menos). Como se salvó? Tengo que averiguarlo, porque es obvio que a los alemanes dinamita les quedaba. A partir del rond-point donde recomenzaba Novy Swiat empecé a abrirme en diagonal en busca del hotel. No tardaron en aparecer las imitaciones de Banfield o de Villa Adelina y todo volvió a ser como en la primera crónica, solo que yo mucho más reconciliado con mi vida y la ciudad en que me tocaba pasarla estos días.
martes 23
El museo más difícil del mundo
El lunes fui al Museo del Levantamiento. Queda en la que fue la cárcel política de la Gestapo, por la cual, entre septiembre de 1939 y enero de 1945 pasaron 100.000 personas. Bueno, pasaron 63.000, porque los otros 37.000 fueron asesinados ahí mismo. Llegué apenas abrieron y lo tuve más o menos a mis anchas una media hora. Entré en algo que tenía mucho, demasiado, de mazmorra, como que lo había sido. Paredes grises de un gris de muerte, interrumpidas por las fotos y las pantallas de vídeo por las que pasaban imágenes de época o testimonios contemporáneos de los supervivientes. El 1o de septiembre de 1939, la Alemania nazi, que acaba de firmar el infame pacto de no agresión con la URSS, invade Polonia. Varsovia es bombardeada despiadadamente por los Stukas que Otto Skorzeny (pasado por la Argentina, él, donde fue instructor de la Policía Federal, pero esa es otra historia, o, tal vez, otro capítulo de la mismísima) había estrenado en Guernica. El gobierno polaco, que no cree que la URSS esté también dispuesta a invadir por el este, se trae todas las divisiones al frente occidental. La resistencia es tan heroica como disparatada: antes de hacer mutis para siempre de la historia militar, los polacos mandan –por última vez en la historia- su caballería a cargar contra los panzer, que, como es lógico, la diezman. Ante la imposibilidad de resistir, el gobierno emigra a Londres (como el holandés más tarde): en Polonia no hay Quisling, y ordena la capitulación. Muchos militares se evaden al este. Otros vuelan a Londres, donde organizarán los cuerpos regulares que luego se cubrirán de gloria en Montecassino o en las Ardenas. Los que se quedan -y son legión- pasan a la clandestinidad. Ni uno solo se pasa al enemigo; el ejército alemán jamás contará ni con un escuadrón regular polaco: en Polonia no hay Petain.
Entretanto, el 15 (creo) de septiembre, la URSS invade desde atrás. El frente oriental está desguarnecido y cae casi sin resistir. Los oficiales que no son asesinados (como sucedería ignominiosamente en Katyn) se unen a las fuerzas del general Sikorski y se evaden hacia Rumania. Muchos volverán clandestinamente o hallarán la forma de volar a Londres o se sumarán a los movimientos locales de resistencia dondequiera los sorprenda el avance alemán. Polonia es el único país ocupado con un verdadero "Ejército del Interior", comandado sobre el terreno por oficiales de carrera y regido políticamente por el gobierno civil exiliado.
No bien ocupan Varsovia, los nazis establecen el siniestro ghetto en el que llegarán a amontonarse, famélicos y comidos por los piojos, diezmados por las enfermedades y el hambre, hasta 300.000 judíos, que se sublevarán en 1943, un año antes del levantamiento que se honra en este museo y que estalla el 1o de agosto de 1944.
La resistencia data del primer día, y se distingue de las otras por dos factores: Está encabezada por militares profesionales ferozmente anticomunistas (como los relativamente pocos que participaron en la resistencia francesa) y no cuenta con contingentes comunistas de monta (claro, Stalin había entregado íntegro a Hitler el Comité Central del Partido Comunista Polaco, Pacto de No Agresión oblige!). Por otra parte, el Partido Comunista polaco es débil: años de ocupación rusa han enraizado en la población un antirrusismo a ultranza que se transforma fácil -y justamente, qué le vamos a hacer- en antisovietismo, que, hasta 1956 será sinónimo de anticomunismo (a partir de Hungría, muchos comunistas, sin dejar de serlo, se hacen antisoviéticos). (No por nada Polonia será el primer país eurooriental en sustraerse a la órbita soviética y, de paso, reintegrar sus riquezas a los ricos, encabezado no por un Rey retornado, como en Bulgaria, sino por un electricista de derecha, oh sentido de humor de la histoira!).
Pero la resistencia no es únicamente militar: participa (pasivamente, es cierto) prácticamente toda la población. La consigna es clara: no mover un dedo para facilitarle las cosas al ocupante. A diferencia de Francia, la colaboración es un fenómeno aislado Sí, hay pandillas fascistas vernáculas al estilo de la "milicia" francesa, pero nada de periódicos como "Je suis partout" (dirigido por un argentino –vamos todavía!-, Lesca, cuya historia apasionante ha escrito Jorge Asís) ni la complicidad de figuras del prestigio de Céline, Maurras, Drieu La Rochelle, Vlaminck (si no yerro, y si no, otro de los grandes de la pintura del s. XX), Cluytens o Schmitt, ni la complicidad reticente de una Girodoux. Hay que recordar que para Hitler, y a diferencia de los escandinavos, los holandeses y demás paragermanos, los eslavos eran subhumanos que solo justificaban su supervivencia como fuerza de trabajo. La crueldad masiva de la ocupación es mucho más vesánica que la de Europa occidental. El levantamiento no va a ser un estallido espontáneo, sino un movimiento militar detenida -si pobremente- planificado, en el que participará nutridamente la población civil.
En 1943, como decía, se alza el ghetto. Es cierto que las armas las ha pasado de contrabando el Ejército del Interior, y es cierto que éste realizó varias maniobras de diversión, pero el ghetto se levanta solito, y solito cae y es reducido a cenizas: todos los que quedan son enviados a los campos de la muerte, especialmente Treblinka (no Auschwitz, como creía). Los que se salvan son los que han logrado evadirse y refugiarse en los bosques. Muchos se incorporan a los movimientos de resistencia del este. Cuando se produce el alzamiento de agosto del 44, los que están cerca de Varsovia se suman a él. Uno de los pocos (creo que el único!, porque, les cuento, es un mueso difícil) combatientes judíos cuyo testimonio se recoge es el de Antek, que toma el mando cuando cae Mordejai Anilévich, el pibe sionista de izquierda que encabezó la rebelión del ghetto. A la hora de incorporarse a los insurrectos, la consigna que imparte a los suyos es clara: Nada de intentar regresar a los barrios de otrora. Ir "adonde nos acepten" (es, repito, un museo difícil), y la mayoría termina peleando codo a codo con los pocos destacamentos comunistas. Cuando le toca rendirse, un oficial que ha peleado junto a él le dice: no digas que sos judío y vas a ser internado como nosotros en un campo de prisioneros de guerra. Y cómo sé que nadie me va a delatar?, pregunta el combatiente judío (porque es, como van viendo, un museo difícil).
Del alzamiento del ghetto, por cierto, en este museo -difícil- casi no se dice una palabra. Fuera del testimonio de este hombre, hay por ahí una biografía (media página) y una foto de Anilévich y algunas fotos, textos y artefactos que recuerdan las espantosas condiciones de vida.
Pero sigamos. A fines de julio, las fuerzas soviéticas, que han triturado al ejército de von Paulus en Stalingrado y avanzan imparablemente hacia Berlín, han acampado a orillas del Vístula, como quien dice en Avellaneda. Del otro lado de los puentes pueden verse los tanques con la estrella roja. Los jefes insurrectos cuentan con el apoyo aéreo de los ingleses (minga!) y con que los soviéticos vengan en su socorro (recontraminga!). Lo más probable es que los soviéticos, sabedores de que la dirección política del movimiento estaba en manos de la derecha (fascistoide ella, las cosas como son) local, hayan preferido dejar que los alemanes les desbrozaran el campo. Pero entonces, por qué los dejan morir los aliados occidentales? Lo más probable es que sea parte del acuerdo de Teherán, prólogo que fue de los de Yalta y Póstdam. Algún día se sabrá. Es cierto, que aviones ingleses y canadienses lanzaron algunos pertrechos, y también lo hicieron los soviéticos… solo que sin paracaídas, con lo que mucho de lo poco se hacía papilla, pero nada realmente importante. Los polacos no tienen para combatir mas armas que las ligeras que han logrado arrebatar al enemigo. En los primeros días caen en manos de los resistentes la ciudad vieja, varios barrios más, el correo y la oficina de teléfonos. Los que han liberado la ciudad vieja creen haber capturado un panzer alemán y lo llevan jubilosos a la plaza central. Está cargado de explosivos y la deflagración mata a unas quinientas personas y hiere a muchísimas más (es que Bin Laden no ha inventado nada, vio?). Uno de los primeros edictos de los sublevados es: "Tenemos el catastro de todos los médicos de la ciudad. Los que no colaboren atendiendo a los heridos no podrán ejercer la profesión después de la guerra". Porque se creía -se sabía- que la guerra estaba agonizando y los cobardes tenían que colaborar por la fuerza. Bien hecho, carajo!, digo yo, pero qué pensarían muchos si lo hubieran resuelto los comunistas?
Los alemanes, armados hasta los dientes, no tardan en reaccionar y van aplastando cuadra a cuadra, casa a casa, la rebelión. La ciudad vieja está en llamas (gracias, Segismundo, por Canaletto!). Los combatientes que quedan se ven obligados a huir por las cloacas. Los alemanes arrojan bombas tóxicas y muchos mueren, literalmente, como hormigas en el hormiguero. La odisea está magnífica y ferozmente descrita en el "Kanal" ("La patrulla de la muerte", como por esas cosas de la mediación interlingüe se llamó en la Argentina) de Andrej Wajda (alguno que la haya visto recordará que hay entre los alzados u músico que de pronto se pone a tocar el piano, y que sus camaradas le piden "La cumparsita").
A fines de septiembre (dos meses de pelear con el monstruo en sus propias entrañas!) no queda nada que hacer y los sublevados capitulan. Hitler ordena dinamitar la ciudad: "De Varsovia no debe quedar más que un punto en el mapa; la capital de Polonia debe ser simplemente una noción geográfica" (sic…sick!!!). En uno de esos raros momentos de bonhomía que desmienten su fama de verdugo, Stalin dirá que "Lamento la sangre derramada por estos valientes que se alzaron prematuramente". A los héroes de la Brigada Lincoln que habían peleado como leones en Belchite, Jarama y el Ebro, las autoridades gringas también los tildarían de "antifascistas prematuros" (es que la historia, como descubrió Hegel, tiene un notable sentido del humor). Pero y la franja palermitana que logré visitar intacta? He logrado dilucidar el misterio: era la zona (la mejor, claro) donde vivían los alemanes y funcionaba su administración. Como cuando en enero (apenas tres meses después!) los soviéticos cruzaron por fin el río, los tomaron por sorpresa y el avance fue, además, tan fulminante que no les dio tiempo a destruirla.
Wajda tiene otra joya. "Cenizas y diamantes", que narra la historia de un joven insurrecto a quien, en 1946, los dirigentes de la derecha vernácula (y veteranos del levantamiento) encargan asesinar a un comunista (resistente también) que ahora forma parte del nuevo poder. Esta gente, que ha combatido gallardamente contra el ocupante, no es mejor que Massu o Salan o Aussarèsses (que, por cierto, acaba de publicar un libro defendiendo la tortura), supliciadores del pueblo argelino, o de Lattre de Chassigny, verdugo del vietnamita, héroes los cuatro de la resistencia (como lo han sido muchos seguidores de Le Pen). Es que, les digo, este es un museo muy difícil. Algunos se codearán luego con los nazis confesos lituanos, letones, estonianos, rumanos, cróatas y demás que fundaron la "Sociedad de naciones Cautivas" (los que caen en manos de los soviéticos, claro, no contarán el cuento, al igual, para variar, que muchos de sus circunstanciales compañeros de armas comunistas). Desde luego que muchos otros han sido gente digna, pero la conducción militar y política no era exactamente un dechado de democracia representativa, que antes de la Guerra, el gobierno polaco tampoco era exactamente como el de Massaryk o Benes en la vecina Checoslovaquia.
Un museo, decía, difícil. Porque la historia está hecha de grises, y los que por comprensible afán ético queremos decantarlos hacia el blanco o hacia el negro la tenemos cuesta arriba.
Tres rosas rojas para los muertos sagrados
Ayer aproveché las dos horas de almuerzo y que el sol jugaba a los 23 grados para rehacer un peregrinaje que ya había intentado el lunes y que, veremos por qué, no me salió. Quise ir a la famosamente infame Umschlagplatz, de donde partieron los famosamente infames convoyes camino de Treblinka. Por el camino di con un monumento que en un inicio creí el que buscaba: unos durmientes de piedra con inscripciones que se alejaban al encuentro de un viejo vagón de ferrocarril cargado de cruces maltrechas. No, me dije, cruces no. Le di vueltas y vueltas en busca de una placa que me aclarara las cosas, pero está como escondida. De modo que entré a preguntar a los vecinos. Un joven me dijo que creía que de ahí se habían llevado a los judíos, pero no estaba seguro. Otro me confesó que no tenía idea, pero que seguro que tenía que ver con la Guerra. Me metí en el hotel de justo en frente y el muchacho que atendía el bar me dijo que seguro que era algo de la Guerra, pero no sabía exactamente qué. Ay de estos jóvenes que tienen tanta historia que recordar y que se olvidan de tanta historia, porque, como previno Hegel, los que se olvidan de la historia están condenados a repetirla. Volví a buscar la placa y por fin la encontré: Si descifré bien las eses y las ces y las zetas era un monumento a los oficiales polacos deportados a la Unión Soviética en septiembre del 39. Quise depositar una flor, pero, cosas de la memoria que se olvida, no había a la redonda ni una florería, ni un quiosco, ni una viejita vendiendo flores. Después me pasé y me perdí. Tardé como media hora o más en reencontrar el camino y di, por fin, con la Umschlagplatz: cuatro paredes de mármol que hay que mirar dos veces para verlas, perdidas en medio de los edificios sin ángel de la posguerra. Junto a ellas, dos -los conté varias veces, para estar seguro-, dos ramos de flores dejadas quién sabe cuánto tiempo atrás. Y a la redonda, otra vez nada. De modo que bajé por Karmelicka hasta Djeina y quise visitar Pawiak, la cárcel política estrenada ya en tiempo de los zares, por donde pasaron 63.000 de los 100.000 que entraron entre 1939 y 1945. (Es que en mi crónica anterior me equivoqué: el edifico del Museo más difícil del mundo no era esta cárcel sino el cuartel general de la Gestapo). Quise entrar, pero estaba cerrado lunes y martes. Y entonces regresé a la conferencia. Caminé literalmente sin parar dos horas y media, cuatro pipas. Me calculo el paso a razón de diez o doce minutos por kilómetro, es decir que unos doce o quince, digo yo, aunque tal vez fueron menos. Pero me quedó esa deuda con la memoria y ayer, por fin, pude cumplirla.
Una rosa roja para las víctimas del ghetto
Antes de salir tomé la precaución de comprar tres rosas rojas. La primera estaba originalmente destinada a los oficiales deportados a Siberia, pero la debo. Es que en el mapa que me habían dado en el hotel, no se indica el ghetto ni se menciona el espléndido y terrible monumento que lo conmemora. Lo descubrí de casualidad. Queda relativamente cerca del centro (veinte minutos de marcha -media pipa- desde el centro de la ciudad vieja, en una plaza en medio de un parque que otrora fue ciudad intensa y apretada, arañada por los tranvías y pródiga en negocios y viandantes. No queda nada. Al pie del monumento, dos paneles con fotos y leyendas. Ahí pude ver lo que había sido antes de lo que fue y lo que fue después: La iglesia de San Agustín, ahora resguardada por algunos edificios modernos que la empujan hacia la ciudad vieja, desnuda y solitaria entre las montañas de escombros y cascotes renegridos por el humo, las llamas y la mugre lisa y llana. Manzanas y manzanas de nada, y, al fondo, la iglesia que los nazis perdonaron por esas cosas de Dios, con su torre erguida yo quisiera que como un puño, pero ¡ay! no. La calle sur se llama, por suerte y con justicia, Anilévich. Todo lo que se ve -o, en rigor, se imagina- a la redonda es lo que fue el ghetto. Imagínense, traductoriles camaradas, un solar ahora verde y edificios sin mayor gracia en lo que fue, digamos, Callao y Rodríguez Peña y Uriburu y Ayacucho… hasta, digamos, Pueyrredón y, digamos, Córdoba, Paraguay, Charcas, Santa Fe… hasta, digamos, Vicente López, solo que con un trazado caprichoso, porque las calles no eran como son sino como eran, meandrosas e indecisas, producto de años y de años de historia caprichosa, como capas geológicas verticales sobre la planicie.
En el monumento no había más que un grupo organizado de estudiantes alemanes guiados por dos profesores. ¿Cómo será ser alemán en Varsovia frente al ghetto? Estos chicos, claro, no tienen por qué heredar la culpa de sus mayores. Pero no sé. Yo me siento responsable del pasado. No que haya sido culpa mía, pero lo es de mis congéneres y siento que me toca hacer algo para que el presente sea menos atroz.
Una rosa roja para los Flazstersztjen
No quise adelantarme a los hechos, pero desde que leí la respuesta de Esther a mi crónica en el otro foro (150 miembros de la familia de su abuela gasificados en Treblinka) me prometí que vendría a dejar una rosa roja en memoria de los suyos asesinados y de todas las víctimas inocentes. He cumplido. Durante unas horas más habrá una rosa fresca entre los dos ramos en descomposición. No quise quedarme. ¿Qué hacía yo ahí, tan vergonzantemente vivo, tan injustamente sano? Y bajé entonces otra vez por Karmelicka.
Una rosa roja para los que no se resignaron
Los alemanes dinamitaron Plawiak, pero después de la guerra se recuperaron los sótanos y ahora está este museo. A la entrada, un árbol desnudo y maltrecho en el que los memoriosos han ido prendiendo plaquitas y fotos. Allí dejé mi rosa roja para los muertos heroicos: los que eligieron pelear cuando hacía falta una fe casi mística para creer en algo mínimamente parecido a la victoria. La historia de Plawiak, como decía, empieza con la revolución de 1863-65, encabezada por los socialistas, muchos de los cuales murieron solos o con ayuda entre estos muros. Luego los revolucionarios de 1910. Después los de la entreguerra. Y finalmente los antifascistas o los simplemente antialemanes (no olvidar que Bítek, el Premier local de aquellos tiempos, propuso a Hitler una alianza antisoviética a cambio de Ucrania, solo que Hitler lo sacó carpiendo). Como sea, no es justo andar discriminando entre los caídos en la lucha contra el gran enemigo. Honor a todos los que allí supieron morir con dignidad mientras alrededor cundía la infamia. Está el pastor protestante, y el párroco católico, y el profesor de geología, y la enfermera, y la celadora que era miembro clandestino del Ejército del Interior y servía de enlace entre los de dentro y los de fuera… hasta que la descubrieron, y la joven comunista que logró escapar y que fue atrapada luego cerca de donde estaba refugiada porque la descubrieron arrancando de la pared un afiche de propaganda nazi. Están las celdas ínfimas, y las de los condenados a muerte, y los dibujos en papel de estraza, y el ajedrez de migas de pan, y la colección de grilletes, y fotos y nombres y fechas. Y está el libro de los visitantes: hay unos crayones para que cada uno pinte junto a sus comentarios la bandera de su país. Entre las veinte o treinta páginas, conté tres (ahora son cuatro) argentinas, una uruguaya y cuatro brasileñas. La última firma argentina es de Gastón, Quiero creer que es mi sobrino. Ojalá. Tengo que preguntarle. Yo tomé el crayón celeste y rellené las dos franjas. Fue una sensación curiosa: ¡creo que no dibujaba la bandera desde mis deberes de primaria! Entonces me puse a pensar, ¿Y ahora qué escribo? Y, parece mentira, yo, que soy tan generoso con las palabras, no encontré más que dos: ¡NUNCA MÁS!
El museo, por cierto, estaba casi vacío. Me puse a charlar con una señora francesa como de mi edad, judía, historiadora, nieta, resultó, de veteranos de la Guerra Civil Española. Me presentó a Michal, de unos cincuenta años, historiador también, y el único comunista que queda en la dirección del museo (y de los poquísimos que subsisten en Polonia). Nos pusimos a charlar siete u ocho cuadras y quedamos en vernos si podemos. Quisiera presentárselo a mi concabina Mercedes Álvarez, a quien a los dos años su madre, republicana española y comunista, dejó con sus hermanos en Moscú mientras ella volvía a su país desangrado. La de Mercedes es otra historia de las que algún día quisiera contarles. Pero ya está bueno para estas crónicas.
Y regresé a la conferencia como si hubiese dejado una carga pesadísima. Ahora, p'alante.
Viernes 30
Nefeto, queridos virtuales, como dice mi amigo Luis Suardíaz (poeta cubano él) que dice otro poeta cubano, todo lo que tiene fin es breve. Ayer a Varsovia le entró, por fin, el malhumor del equinoccio y se puso irremediablemente otoñal. No eran mentira las hojas amarillas que asomaban, marcescentes, entre las tozudamente verdes, y el sol se mandó mudar a otros hemisferios a saldar cuentas con sus ateridos del primer semestre. Varsovia se ha puesto gris, y no hay capitalismo que la consuele. Ayer hasta se puso a diluviar con saña, pero fue un berretín nomás. Yo, que ahora que soy mercenario, hago de todo por dinero, me quede la mañana terminando una traducción y la noche terminando de terminarla. Esta mañana me despedí de los colegas y los polacos que nos han aguantado los caprichos, monté en un taxi y aquí estoy en el aeropuerto, tecleando las últimas impresiones. Me quedo con ganas de volver. Me gusta este pueblo tan sufrido y hospitalario. Me gusta pese al antirrusismo entronizado, al anticomunismo furibundo y al antisemitismito últimamente inexplicable. Me gustaría si ciento cincuenta o trescientos mil, o seis millones -todo depende del ábaco existencial- de ellos no hubieran perecido asesinados de la forma mas siniestra? No lo se. Es fácil ser ecuánime y comprensivo cuando la maldad de los demás se ha limitado a supliciar a los demás. En todo caso, poco importa (aunque importe tanto). Es el pueblo que es y es hijo del que hizo lo que hizo. Y también es cierto que ha sufrido muchísimo en su historia de manoseos y oprobios. Quien es uno para juzgar a un pueblo! A los fascistas, en cambio, si que los puedo juzgar y no escatimo furia. Los polacos son polacos como los chinos chinos o los judíos judíos. Los fascistas son fascistas de puro hijos de puta. El enemigo, trato perennemente de recordarme, no es un pueblo, ni una raza, ni una cultura. El enemigo es una ideología y los crímenes a que inevitablemente lleva.
En el Herald Tribune del jueves citaban a Hitler enjuiciado en 1930: La Revolución Francesa se baño en la sangre de los capitalistas. El Tercer Reich hará lo mismo: los mataremos a todos, y también a los socialistas y pacifistas (claro, entre tantas víctimas, los capitalistas se le olvidaron, pero le puede pasar a cualquiera). Nadie tiene derecho a decir que no sabía, como no lo tienen en mi país los que leyeron mi General Ibérico Saint Jean, Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, anunciar tan orondo (salió en los diarios) que "primero mataremos a los subversivos, luego mataremos a quienes apoyan a los subversivos, y por fin mataremos a los indiferentes". Ay de los que no se enteran de la historia, porque están condenados a repetirla!
CRÓNICA CRACOVIÁTICA
Octubre de 2007
Como el año pasado a estas alturas, ando por Varsovia, trabajando por cuenta de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa. Para cuando salí de Viena, el verano se había dado definitivamente por vencido, y tras una resistencia heroica periclitaba su calidez y abandonaba el cielo. Llegué a Varsovia el domingo 2, escoltado por una llovizna gris que apagaba todo conato de color. Así fue hasta el viernes. Por la tarde el cielo y el sol habían vuelto a amigarse y los colores agradecían variopintos la nueva oportunidad de lucirse.
Aprovechando que el otoño parecía dispuesto a deponer su adustez al menos por un par de días, decidí que este fin de semana iba a intentar suerte existencial en Cracovia. A las ocho de la madrugada me ponía en marcha, justo al mismo momento que el tren. El paisaje es agradable, pero monótono: casitas impecables en medio de impecable verde, arbolitos de juguete, alguna carretera que seguramente viene de alguna parte y a alguna parte va, cielo sin maldad, pero ni una colina que haga ondular la mirada. Dos horas más tarde sí el relieve comienza a desencajarse apenas, con curvas suaves de niña en los arrabales de la pubertad. Aquí lo que pronto será un seno. Allá el proyecto del otro. Más cerca, el vientre que se desaplana casi imperceptiblemente.
Y llego a Cracovia. He reservado por Internet un hotel por menos de cincuenta euros, pero queda in culo mundis. O sea, como a lo que después resultan seis dilatados kilómetros del centro. He decidido ver Cracovia hoy, porque mañana no sé si podré mirarla con los ojos tan diáfanos. No bien arribo, arreglo, entonces, la excursión para mañana y averiguo como ir pa’l centro de rompedor, al decir del tango, pero sin pagar taxi. Me tocan cuatro o cinco paradas de autobús hasta la terminal del tranvía y de ahí otros quince minutos sobre rieles. Así atravieso el Vístula que, como el Ebro en Soria, describe su amplio arco de ballesta (salud, viejo Antonio Machado!) y llego al Wabel (con la “l” atravesada por un diacrítico artero), que es la plaza del castillo de varios reyes de Polonia, que Cracovia fue capital durante unos cuantos siglos. Al llegar, veo al partir el double-decker turístico y me lo tomo.
Cracovia es una típica ciudad austrohúngara. El muro de otrora ha sido, como en Viena, sustituido por una barbacana de jardines y una avenida que describe su aguda elipsis de Vístula a Vístula en torno de la ciudad vieja… como en Viena. Caigo en la cuenta de que hay en Europa dos ejes que se intersectan mas o menos en Zurich. De los Alpes arriba, Europa abandona la cada vez mas remota romanidad. Y al oriente del del cuadrante meridiano que une Helsinki con Milán se va telarañando de tranvías. Estamos a inicios del cuadrante eslavo. Acaso dos horas sinuosas de tren Tatras traviesa llegaría nuevamente a Zvolen.
Cracovia se parece mucho a Praga que se parece a Ljubljana que se parece a Buda que se parece a Zagreb que se parece a Linz que se parece a Viena. Empieza en el Castillo Real, una mole mucho más amable de lo que sus orígenes góticos permitirían esperar. Subo para mirarla por fuera y para mirar de arriba la placida ceja del Vístula. Por la explanada que me lleva y me va a traer luego, tocan sus violines, sus citaras y sus clarinetes unos viejitos disfrazados de gauchos jaguelónicos.
Al pie del castillo, dos callejuelas se sueltan momentáneamente la mano y se apartan si acaso cien metros para desembocar, amigadas nuevamente, en la plaza central, de las mayores de su tipo en Europa, con 4.000 metros cuadrados donde se vendían y compraban las cosas de vivir en torno del vetusto edificio del mercado de paños. Quien haya estado en la Plaza Jan Hus de Praga no tiene más que barajar los edificios y poner uno, alargado, en el medio. En un ángulo, eso si, hay una iglesita románica que lleva así mil años ahí, sin hacer nada. Y, al lado, la torre huérfana del que fue el ayuntamiento. A la redonda, claro, cafés, bares, restoranes y negocios de baratijas turísticas. Cada hora, como desde hace tres o cinco o siete siglos, una trompeta perfora el aire.
Hace, por fin, un día peronista y hacia el mediodía me saco la ultima epidermis de mi cebolla sartorial. Va a durar poco. A partir de las tres tendré que volvérmela a poner capa a capa.
Me subo a una especie de carrito de golfista eléctrico –eléctrico el carrito, que no el golfista- en el que coincido con una gallega de Galicia, poeta, escritora, periodista y presentadora de TV que anda de gira con un grupo de hermanos de musa. Se llama Yolanda Castaño y parece que es muy conocida en Vigo, Pontevedra y su zona de influencia. Damos vuelas a la ciudad vieja y bajamos Vístula por medio, a Kazimierz, el barrio de Casimiro, que, no obstante laburar de rey, se enamoro de una judía y se caso con ella. Kazimierz es lo que fue el barrio judío, cuando tres y medio de los once millones de judíos desparramados por Europa se concentraban en Polonia. El barrio tiene casi una decena de sinagogas, una de ellas inusitadamente renacentista. Todas menos una destruidas por los nazis (la que se salvó, lo hizo disfrazada de almacén de no se qué tipo de mercancías). El barrio concurre por diferentes callejas a un placita central, remedo modesto de la de más arriba, típica, como siempre, del Imperio, durante mucho tiempo desatendida y hoy, Lista de Schindler gratias, devuelta a la vida, sobre todo gastronomita. Kazmierz se va sacando perezosamente las lagañas de seis lustros de abandono de sus habitantes originales, impecunio de sus sucesores y grisáceo desden de las autoridades municipales del socialismo “real”. Las escenas más conmovedoras de las redadas nazis fueron filmadas, precisamente, en las callejas y en la plaza de Kzimierz.
En 1940, el barrio fue minuciosamente evacuado y su población desplazada calles abajo a lo que se transformo en el gueto, en cuyo medio funcionaba la celebre fábrica de Schindler.. La fabrica puede visitarse, pero es una carcasa vacía con algunas placas. Diz que la van a convertir en museo. La zona se parece a una Avellaneda sin Riachuelo, pero el turismo ya se está encargando de hacer ver su potencial crematístico.
La gente es amable, las muchachas increíblemente bellas, casi todas rubias sin concesiones, de ojos menos avellanados que las rusas (que aquí los tártaros apenas pasaron en 1241 de ida triunfal a Olomouc, de donde regresaron con el rabo entre las piernas, a quedarse en Rusia y perpetuarse en los ojos de sus mujeres).
De regreso del paseo –qué bueno que lo he hecho hoy, en vez de mañana- me doy una vuelta por la parte exterior de la ciudad vieja. Busco el tramo que subsiste de la muralla coronada de tejas a dos aguas protegiendo a los arqueros, con la Puerta de San Florián supérstite y las tres atalayas que han escapado a los Hausmann del lugar. Me imagino la ciudad ceñía por su corsé de almenas y de torres. Tal vez por el resto de muralla tan perfecto, me es tan fácil imaginarme la Cracovia medieval que su contemporánea Viena. A mí se me hace cuento que el Ring es heredero del foso y del muro. He visto fotos, por no les creo.
Como a las 21:00 desciendo hacia Wabel, seguro de que el Demiurgo se habrá encargado de sembrar al menos un restaurante italiano antes del Vístula. Doy, claro, con uno que queda sumido al fondo de un patio, con mesas al aire libre protegidas de la ahora casi lluvia por unos inmensos toldos. Sin que me percatara, el cielo se ha venido encapotando. Se me ocurre que es porque mañana es mañana. Me devoro una mozzarela caprese y unos spaghetti al pomodoro e basílico sabrosos, pero algo pasaditos, y, sin saber, tomo a las 22:15 el penúltimo tranvía que me arroja a los brazos del penúltimo ómnibus.
Desde la habitación llamo a Alguienita para que me ponga al día con el desarrollo de la panza y me voy a dormir pensando cómo va a ser mañana.
Mañana fue ayer. El cielo amaneció otra vez indulgente. La camioneta viene a recogerme puntualmente a las nueve. Pasamos por dos hoteles mas a buscar a cuatro ingleses y dos belgas, damos media vuelta por la placita de la Kazimirska, cruzamos el Vístula, y encaramos una carretera de dos manos, tan parecida a las que se desgranan de Buenos Aires, que serpea entre chalets cada vez mas espaciados. El relieve se casi tan imperceptible como la respiración de un niño dormido. Al cabo de cómo una hora llegamos a un rió bordeado de sauces y alerces. A la izquierda, aparece un muro gris que cede la testuz a cinco o seis hileras de alambre de púa. Detrás, una serie de edificios de belleza espartana: ladrillo rojizo, techo de tejas, ventanas con cuadriculadas… Parece un collage inglés, o acaso un gigantesco monasterio. De pronto, una torre de madera, perfecta, cuadrangular, de techo de tejas a cuatro aguas y ventanas también cuadriculadas.
Llegamos a la esquina, damos la vuelta y estacionamos en medio de una cuantiosa chatarra: portentosos autocares para turistas, camionetas como la nuestra, coches de todos los tamaños. Ahí se nos presenta Katja, que nos explica que todavía no tiene el certificado oficial de guía y que por eso nos acompaña una colega suya, que no habla inglés, pero que viene de refuerzo enciclopédico. Katia nos cuenta como una gallina a sus polluelos, nos pregunta de dónde venimos y nos pide que la sigamos. Pasamos por un portón de rejas sin pretensiones. Encima, forjadas en el hierro, tres palabras “Arbeit macht frei” (El trabajo nos hace libres”, traduzco yo). Estamos en Oswiecim o, como lo bautizaron los alemanes, Asuchwitz.
Este es el campo original, que aprovechaba una base militar polaca. Salvo tres, las barracas eran de un piso. Los senderos interiores están bordeados de alerces enhiestos y generosamente verdes. Un college espartano, como les digo. Pulcro, simétrico, de austera belleza. El campo se crea en abril de 1940 para descongestionar las cárceles que se iban atiborrando de prisioneros de la ocupación. Los primeros son 728 soldados polacos traídos de Tarnow. Llegan a un recinto en el que hay 20 edificios, 14 de ellos de una planta. La primera tarea de los primeros prisioneros es agregarles el piso superior. Pronto se les sumaran unos 12.000 prisioneros de guerra soviéticos. Los prisioneros construyen otras veinte barracas igual de pulcras y dignas de ver. Hacia 1942, los reclusos son ya 20.000. Los judíos, los gitanos, los antisociales, los homosexuales no llegaran hasta bastante después. En 1941 Himmler visita el lugar y decide que es perfecto para la solución final: sito cerca de la zona industrial de Silesia, en plena encrucijada ferroviaria de norte a sur y de este a oeste. Y entonces empiezan a llegar los convoyes de Oslo, de Lyon, de Roma, de Atenas, de Kiev o de Riga. Fijarse en el mapa, cumpas: un círculo casi perfecto. Los polacos han llegado en vagones de pasajeros. Serán los últimos. Los demás, ya sabemos. De Oslo o de Atenas el viaje de entre 2.000 y 2.400 kilómetros duraba hasta diez días. A los griegos les cobraron el pasaje. Ah, y a ellos y a los húngaros también les vendieron parcelas para que luego les fuera más sencillo instalarse en la tierra prometida. Porque eso les prometieron: tierra y la oportunidad de iniciar una nueva vida. Con ese cuento (parcial, si lo pensamos bien) engañaron a muchos, lo que explica que las familias se esmeraran en traer consigo los objetos de más valor. Ingenioso, vero?
Al poco tiempo quedó claro que el campo original no daba abasto, de modo que seis kilómetros rió arriba se construyo la ampliación de Birkenau (Auschwitz II) y luego la de Monowice (Auschwitz III), de la cual no quedan ni las ruinas.
Los datos –hasta donde se han podido establecer, porque la mayor parte de los judíos no llegaba a ser registrada, pues pasaba directamente a las cámaras de gas- hablan de un millón y medio de muertos, la mayoría gasificados, pero muchos ajusticiados o asesinados a golpes o simplemente victimas de la inanición, las enfermedades y el trabajo feroz. De ellos, un millón cien mil judíos. Detrás, muy detrás, en orden descendiente, soviéticos, gitanos y polacos. Entre estos, unos cuantos criminales comunes, que fueron utilizados fundamentalmente como Kapos, o sea, como policía interna. Cuentan los sobrevivientes que los Kapos –algunos de ellos judíos- eran mucho más crueles que los propios verdugos.
Un médico de la SS plantado entre las vías, iba indicando con el pulgar hacia la izquierda o la derecha. Los que se veía que no iban a poder trabajar, directamente a las cámaras, los otros a ver cuanto duraban. Todos los ancianos y la enorme mayoría de los niños fueron asesinados el mismo día que llegaron. Se estima que entre el 75% y el 80% de los que bajaban vivos de los trenes (los más débiles no sobrevivían el vía crucis) era gasificado en el acto. Solo eran inscritos los que podían trabajar… apenas 400.000.
No les voy a contar del trabajo tremendo en los eriales o en la mina de carbón o en la IG Farben situada, causalmente, en medio de Auschwitz III (bueno, no tan casualmente: en realidad construyeron el campo alrededor de la fábrica). Pero parece que aun así, como en la Argentina ahora, no había trabajo para todos. De modo que los desocupados se la pasaban cavando hoyos para volverlos a tapar luego, o pasando interminablemente piedras de un sitio a otro y viceversa. Por la mañana salían marchando a paso vivo, animados por una orquesta de músicos profesionales o semiprofesionales, prisioneros también, que los despedían con marchitas alegres. Doce horas después, volvían a desfilar, ya deshechos de cansancio, llevando, además, los muertos del día, porque el recuento era estricto, y, como fuera, tenía que volver a pasare el mismo número que había salido. Si no, los faltantes se daban por fugados y por cada fuga eran ajusticiados diez reclusos. Era un medio eficaz de impedir travesuras: quienquiera creyese que podría salirse con la suya, sabia que diez de sus camaradas lo pagarían con sus vidas. Aun así hubo varios intentos fructuosos. Cuatro que trabajaban en la intendencia y tenían acceso a uniformes se disfrazaron de oficiales alemanes y partieron tan campantes en un cómodo Mercedes, que abandonaron a los 60 kilómetros con una nota: “Gracias por habernos facilitado este coche. Ya no lo necesitamos.” Claro, el ingenio costó cuarenta vidas. En otra ocasión, un polaco que también trabajaba en la intendencia, se hizo pasar por oficial y se llevó a la judía de la cual se había enamorado so pretexto de interrogarla. Al salir, se separaron y se dieron cita en cierto lugar a cierta hora. Uno u otra no llegó y ambos se creyeron muertos. Volvieron a encontrarse cuarenta años después.
Tampoco les voy a contar de las celdas de castigo donde o hacinaban a los prisioneros de modo tal que murieran de asfixia o los dejaban morir de hambre. Eso yo lo sabia. Pero me entere de esta novedad: celdas de 90 centímetros por 90 centímetros y un metro ochenta de alto, en las que se penetraba por una apertura a nivel del suelo que yo, con mis 80 kilos no podría salvar, y donde cuatro prisioneros no tenían mas remedio que permanecer de pie DESPUES de la jornada de doce horas de trabajo, para pasar la noche y volver a trabajar al día siguiente. Muchos morían así, de pie, como los árboles (salud, viejo Alejandro Casona) entre sus compañeros.
Para los que tenemos problemas de obesidad, la dieta cotidiana era de entre 1.300 y 1.700 calorías (más o menos como la del Dr. Ravenna, de modo que no sé de qué se quejarían… claro que si, además, había que trabajar doce horas…). Medio litro de “café” bebido por la mañana, otro tanto de una sopa de verduras y, con suerte, carne podridas al mediodía, y 25 gramos de margarina y 300 de pan negro para cenar. El ingrediente más abundante del pan, dicho sea de paso, era aserrín.
En Birkenau queda una de las dos barracas que servían de letrina. Una larga lápida de cemento con cincuenta hoyos por lado. No eran pocos los prisioneros que se ofrecían a integrar el Scheisskommando, o escuadrón de la mierda. Se explica: terminaban hediendo tanto que los SS ni se les acercaban.
Las barracas de Birkenau, decía, eran de madera. Originalmente, se trataba de establos para 52 caballos. Llegaron a “abrigar” hasta 700 y mil personas por vez.
Tampoco voy a detenerme en los experimentos del Dr. Joseph Mengele, el “Ángel de la muerte”, que luego no tuvo más remedio que venirse para estos pagos. Aunque vale tal vez la pena apuntar sus dos cometidos principales: ver de mejorar genéticamente la raza aria y de liquidar, también genéticamente, a los judíos y a los eslavos.
Hay, como es de imaginar, cantidad de fotos. Casi todas sacadas por los alemanes, pero varias por los prisioneros que trabajaban en el laboratorio. Hay asimismo cantidad de dibujos, hechos por los propios reclusos, con la intención consciente de que sirvieran para la posteridad: azotainas, interrogatorios, cadáveres amontonados, torturas, ejecuciones. Katia nos muestra un enorme panel con las fotos oficiales -sacadas rigurosamente de frente y de ambos perfiles para debida constancia administrativa- de cien o doscientos prisioneros (recordemos que fueron fotografiados tres veces unos 400.000… lo que habrá costado tanta prolijidad!). Casi todos miran con ojos vacíos, no les queda ni el asombro. Son pocos, muy pocos, los que conservan un mínimo de dignidad. Entre ellas una muchacha de unos veinte años. “Es la hermana de mi abuelo, narra Katia. La Gestapo la aprehendió cuando regresaba de distribuir panfletos de la resistencia. Como ya no los tenía encima, no le pudieron probar nada y, en vez de fusilarla, la mandaron aquí. Menos mal, porque entonces también habrían asesinado a toda la familia y yo no estaría entre ustedes. Mi abuelo quiso sobornar a un oficial alemán para obtener su libertad. El oficial, tras meterse el dinero en el bolsillo, le dijo que si seguía importunándolo, lo mandaba a Auschwitz con toda su familia”. (No, si nuestros milicos no inventaron nada… hasta la picana la heredaron del hijo de Leopoldo Lugones, que se entretenía electrocutando gatos para perfeccionarla). Entre las demás fotografías, hay una que muestra un grupo de unas quince niñas detrás de la alambrada. Entre ellas, una única mujer como de cuarenta o cuarenta y cinco años… tiene doce!
Cuando los soviéticos liberan el campo en enero de 1945, encuentran a unos 350 purretes de menos de quince años. Les preguntan sus nombres. Los chicos, desconcertados, se limitan a mostrar los números que llevan tatuados. Esa es la única identidad que les queda.
Ah! Detrás de los últimos barracones del Auschwitz I, en lo que vendría a ser la casa del Rector del college, vivía Rudolf Höss, el director del campo, con su mujer y sus cinco hijos. El jardín lo cuidaban, como es natural, los reclusos. En Nuremberg, doña Höss afirmó que no tenia ni idea de lo que ocurría detrás de la cerca. Es que los alemanes eran así, querían a su Alemania, y Ud.? Y, desde luego, eran derechos y humanos. Quién puede culparlos, vero?
Aparte de las celdas de castigo y de un barracón vivienda, visitamos otro donde hay parte de lo que los soviéticos encontraron entre los escombros humeantes de Birkenau y Monowice (los alemanes quisieron borrar todos los rastros y trataron de quemar los almacenes con lo que no podían llevarse). Un cuarto lleno de quincalla, sobre todo latón: bacinicas, fuentes, teteras, jarros, jofainas… montañas y montañas. Otro de lentes. Otro de zapatos (45.000 pares que no llegaron a calzar a la población civil alemana, que era la beneficiaria de todo lo que dejaban los muertos que no fuera de valor). Otro de ropa. Mucha ropita de bebe, por cierto. Otro de prótesis. Y una enorme vitrina como de lana: dos toneladas y media de cabello humano, muy usado por la industria textil y por los fabricantes de colchones al oeste del Oder.
Luego pasamos por la primera de las cinco cámaras de gas (la única que queda y que está, además, reconstruida). Y las latas de Zyklon B. Con unos cinco kilos y medio se podía dar cuenta de 1,500 personas. En Auschwitz se consumieron 25 toneladas en pocos meses. Interrumpo estas líneas para buscar en Google. “Bienvenidos a Degesch Chile”, me sonríe la segunda entrada (la primera me acoge amablemente en Degesch América, Inc.), “Cerca del 20% de las cosechas se pierden por culpa de las plagas. Nuestro principal negocio es el control de plagas agroindustriales para la protección de los alimentos y salud de las personas”. La firma, se conoce, no ha cambiado de ramo. Es la que producía el Zyklon B. Katia nos cuenta que el comercio con Auschwitz le rindió la pingüe suma de 300.000 marcos de entonces: una verdadera fortuna. Dense una vuelta por esa pagina, cumpas, pero no escupan la pantalla que no sirve de nada.
Por cierto, la administrativa costumbre de tatuar el número en el brazo (a los judíos), la pierna (a los menores) o el pecho (a los políticos) se introduce en 1943 y solo en Auschwitz (todos los días se aprende algo nuevo!
Pasamos dos horas visitando ese Louvre de la muerte. Le pregunté a Katja si los árboles habían sido plantados después. No. El campo está tal cual de bello. Solo la miseria humana desdecía de la arquitectura y el paisaje.
Después nos llevaron a Birkenau. Entramos por la parte de atrás, donde está el monumento con sus enormes placas en 23 idiomas. La primera está en castellano torcido:
“En este lugar los nazis eksterminaron a un miyon i medio de ombres, mujeres i kriaturas la mayoria dellos djudios”. De las barracas, estas de madera, solo quedan las chimeneas. Cerca de la entrada se han salvado algunas. Son las que todos hemos visto, con los camastros de tres niveles.
No me da el cuero para seguir, cumpas. A la salida, Katia nos dice: “Ahora ustedes van a volver a su casa, a su trabajo, a su familia. Pero piensen en los cientos de miles que tuvieron que pasar aquí los últimos días, o meses, o años de su vida”. Y yo pensé, por mi cuenta, en la indiferente mansedumbre de los árboles, en el rió que fluía con toda placidez sin detenerse frente al horror. En los chalets que ahora bordean Birkenau (quién puede cómo despertarse cada día y ver esa memoria del horror?). Pensé en los que lo niegan o hacen como si el pasado ya estuviera pisado: la Guerras Púnicas, las Cruzadas, la Guerra Civil Española, los procesos de Moscú, el nazismo, el GULAG, la ESMA, en fin… todo eso que alguna vez pasó y que está en los libros que nuestros hijos leerán por obligación. Pensé en los Aliados que –explicó Katia a los que no estaban enterados- sabían perfectamente lo que pasaba y lo permitieron sin mosquearse. Pienso en esos millones de inocentes asesinados de manera tan salvaje. Pero pensé, sobre todo, en los que no fueron inocentes, en los que, contra toda desesperanza, comprendieron que ese mundo de mierda tenia que cambiar y que era más digno morir tratando que resignarse. Y pensé en lo que me dijo mi viejo, que visitó este sitio allá por 1956, en compañía de otros catorce médicos argentinos, entre ellos dos comunistas más, Rulo Dratman, que se quedó en la Argentina y sigue siendo bolche a los sobrados noventa años (mi viejo murió de 95 sin haber aflojado jamás el puño), y José Itzigsohn, que supo ver las cosas con mayor lucidez y ahora vive en Israel, y a quien van dedicadas, con todo cariño y admiración, estas crónicas: “Yo pude salir de ahí con la conciencia tranquila, porque yo he luchado toda mi vida contra eso”.
Donde esté cada uno, cumpas, pongámonos todos de pie diez segundos en homenaje a los que murieron sin saber y a los que murieron a sabiendas, con la frente en alto y el puño cerrado. NUNCA MAS!
CRÓNICA VARSOVIEJA II
12 de octubre de 2006
No había escrito acerca de Varsovia porque no tenia, en realidad, nada nuevo que decir. Les contaba que llegué a inaugurar el otoño, y los grises no son mis tonos dilectos. Me limité, entonces, a seguir el precepto que tan prudentemente enseñaba mi General Perón: de casa al trabajo y del trabajo a casa.
Pero esta semana el tiempo se apiadó y hemos tenido sol y hasta conatos de calor desde el lunes. De modo que ayer, al amparo de la tarde libre, decidí que era hora de volver a la ciudad vieja. No la recordaba tan pero tan bella. Pensar que los alemanes no dejaron más que escombros! Con cuánto amor, tesón y ganas de no morir ha reconstruido este pueblo su país descalabrado! No termino de decidir qué pienso de los polacos. Por un lado me admiran, por el otro, no puedo perdonarles su antisemitismo visceral, su nacionalismo enceguecido (los hay, acaso, de ojos abiertos?), su alma profundamente reaccionaria de campesinos feudales. En todo caso, si una pluma hace falta para quebrar el espinazo de este tozudo camello, basta mirar los enjambres de muchachas. Insolentemente hermosas, pese a sus ojos celestes, sus naricitas respingadas, sus torrenciales cabelleras rubias y el bisbiseo constante que les impone este idioma hecho a medida para el susurro.
Y ayer, casualmente, me topé con tres de estas blondas plumas: en la plaza del mercado, mientras me consentía una cerveza aprovechando la inusitada limosna de sol, robándole poco a poco protagonismo al último organito que desde el centro de la plaza molía polcas para que llorara algún otro ciego, fueron solazando mis tímpanos agradecidos los agudos perfectos de un violín. Primero fragmentos del segundo concierto de Max Bruch (si no lo conocéislo, cumpas, a conocerlo sin tardanza!). Luego las czardas de Monty (si no las conocéislas, no sabéis la suerte que tenéis!). Después, una de las sonatas de Bach. Cuando salí del corralito (con perdón) en el que estaban apresadas las mesas y sombrillas, las vi. Un trío de Lolitas blancas y amarillas como la bandera del Vaticano. No tendrían entre las tres ni 45 años. Cada una con su instrumento, tocaban por turno, los estuches abiertos y ávidos de monedas. Mientras interpretaba una, tres adolescentes paradigmáticos de la nefanda juventud e hot bromeaban con las otras dos. Ellas de blue jean, blusas sin aspavientos, nada de maquillaje, íntegramente angelicales. Ellos con toda la chatarra colgándoles de las orejas, las narices y las cejas, los brazos sin un milímetro cuadrado de piel inmune a los tatuajes, todos de negro, con melenas todas ellas mofándose del shampoo. Menos contraste hay entre el Bien y el Mal.
Ellas chisporroteaban como es de norma en estos casos. Y yo no pude dejar de imaginarme que dentro de unas horas colocarían amorosamente los violines en sus sarcófagos, se irían a beber de más con estos adefesios (bueno, los celos me desbarrancan un poco) y terminarían fifando como locas, No que haya una aporía entre el atril y la cama, pero ustedes comprenden. Esta vez, resolví aventurarme allende la barbacana. La ciudad vieja sigue, cada vez menos senescente, claro, un kilómetro más, ya no tan vivaz, pero igual de adorablemente restaurada. No la recordaba así de grande tampoco. Me metí en un sitio de Internet que quedaba en un edificio originalmente del siglo XV. Pesada puerta de roble medio descascarado y aldabón y pasador de hierro hirsuto, patio de piedras inmemoriales, ventana de rejas negras, una rubiecita sin violín, y diez computadoras. Menos contraste hay entre la Vida y la Muerte. Hacia las 18:00, el cielo se fue poniendo como de Folon, de un azul plomizo y diáfano. Y mi estomago, como siempre, me entró a reprochar la falta de atención.
Una pipa después me sentaba a cenar en el London Grill, donde, una vez más, me zampé un bife digno de nosotros (pero que averigüé polaco!!!!), tierno, sabroso e impecablemente a punto. Lo acompañé, como siempre, de un buen baso de patrio (de nosotros) merlot, papando tranvías a través de la ventana. Contaba yo trece meses ha que había vuelto a viajar en los mismos tranvías y autobuses de latón de otrora. Pues bien, ya casi nada de eso. Han renovado prácticamente todo el parque automotor, rebosante de ómnibus articulados todo fulgor y nada de estridencia ni vaharadas de gasoil, y empiezan a cundir unos tranvías aerodinámicos, silenciosos, impolutos y de enormes ventanales. Pensar que hace cuarenta años este país, como Eslovaquia, no eran ni sombra a la hora de contar morlacos (claro, el socialismo real nunca llegó a distinguirse por su eficiencia, y, de yapa, la Guerra estaba ahicito nomás, a la vuelta de la última esquina). El Primer Mundo nos va dejando cada vez más lejos, cumpas. Y yo que, como tantos, hace cuarenta años me creía ya arañándolo! Pero bueno… Europa, Atlántico y Ecuador traviesa, en mi Buenos Aires querido, sumido en la violencia y picado de cartoneros, la panza avanza. Qué Argentina verá empequeñecerse en torno a ella mi inminente Xóchitl? Ojala que para cuando tenga edad de empezar a acordarse viva en una ciudad que se parezca a la que recuerdo yo.