05-05-2008, 01:10 PM
El sábado, luego de escribir aquí sobre la relación entre ciertas entidades virreinales argentinas del castellano y el imperio central, llevé a uno de mis hijos a un partido de fútbol. En cuanto subimos al auto, encendí la radio y recorrí las emisoras que habitualmente escucho. En una de ellas estaban hablando sobre el castellano. Me pareció extraño, así que ahí me quedé. Un par de minutos después la animadora del programa mencionó el nombre de su interlocutor, a quien estaba entrevistando. No pude evitar reírme cuando supe que el señor en cuestión era, oh casualidad, ¡Pedro Luis Barcia!
Pa quienes no lo saben, es el presidente de la filial virreinal local, la Academia Argentina de Letras.
Pese a las quejas de mi hijo Mateo ("Esto es aburridíiiiisimo"), me quedé ahí. Barcia habló de cuestiones trascendentales: la etimología de "gratitud", la de "virtud", la moral (sí, la moral)... y no mucho más. Cuando la animadora le preguntó qué libro recomendaba para comprar en la Feria del Libro que se está realizando en estos días en Baires, dijo, previsiblemente, que la nueva edición del "Diccionario del habla de los argentinos". Dio, por supuesto, los motivos por los cuales el librejo en cuestión valía la pena: tiene 1500 voces nuevas respecto del anterior (me imagino que serán otras 1500 voces que los argentinos no usan en su gran mayoría, pero eso es lo de menos, claro), todas las voces incluyen algún ejemplo de uso tomado de la realidad (si es como en la primera edición, no será el primero registrado, ni el último, sino uno tomado al azar, como para decir que esa palabra "una vez se usó", pero no tiene la más mínima importancia desde cuándo se usa ni si se usa hasta hoy) y se quedó hablando de algo que, evidentemente, es lo más interesante del diccionario (al menos, fue de lo que más tiempo habló): su peso. No, no su precio en pesos, sino, literalmente, su peso. Dijo que pesaba (pesa) 1,5 kg, que si uno compra dos ejemplares le van a resultar muy útiles para hacer gimnasia y no recuerdo qué otra cuestión igualmente importante. Tras los saludos del caso, la entrevista terminó. Pensé que, como la había agarrado empezada, me había perdido lo mejor, pero por suerte la animadora hizo una síntesis de lo que se había hablado. No, no me había perdido nada. Quizá sólo los saludos iniciales. Mateo, que ya no sabía qué hacer, me preguntó: "Pa, ¿por qué te interesa eso?". "No, Mateo", fue mi respuesta, "te aseguro que eso no me interesa; a mí lo que me interesa es el castellano". Y cambié de emisora. Por suerte, había partidos de fútbol en la radio y rápidamente pudimos pasar a pensar en otra cosa.
En cuanto al "Diccionario del habla de los argentinos", sugiero a quienes estén pensando en comprarlo que, antes de hacerlo, lo revisen muy cuidadosamente. Cuando salió la primera edición pasé un buen rato hojeándolo y ojeándolo, y tenía muy buena pinta. Lo compré. Pero la utilidad de los diccionarios se demuestra en la marcha, en el uso cotidiano, y ahí fue cuando, desde entonces hasta hoy, no ha hecho más que desilusionarme. Es, para sintetizar mi opinión, una basura sin atenuantes. Y no, no sé cuánto pesa.
M.
Pa quienes no lo saben, es el presidente de la filial virreinal local, la Academia Argentina de Letras.Pese a las quejas de mi hijo Mateo ("Esto es aburridíiiiisimo"), me quedé ahí. Barcia habló de cuestiones trascendentales: la etimología de "gratitud", la de "virtud", la moral (sí, la moral)... y no mucho más. Cuando la animadora le preguntó qué libro recomendaba para comprar en la Feria del Libro que se está realizando en estos días en Baires, dijo, previsiblemente, que la nueva edición del "Diccionario del habla de los argentinos". Dio, por supuesto, los motivos por los cuales el librejo en cuestión valía la pena: tiene 1500 voces nuevas respecto del anterior (me imagino que serán otras 1500 voces que los argentinos no usan en su gran mayoría, pero eso es lo de menos, claro), todas las voces incluyen algún ejemplo de uso tomado de la realidad (si es como en la primera edición, no será el primero registrado, ni el último, sino uno tomado al azar, como para decir que esa palabra "una vez se usó", pero no tiene la más mínima importancia desde cuándo se usa ni si se usa hasta hoy) y se quedó hablando de algo que, evidentemente, es lo más interesante del diccionario (al menos, fue de lo que más tiempo habló): su peso. No, no su precio en pesos, sino, literalmente, su peso. Dijo que pesaba (pesa) 1,5 kg, que si uno compra dos ejemplares le van a resultar muy útiles para hacer gimnasia y no recuerdo qué otra cuestión igualmente importante. Tras los saludos del caso, la entrevista terminó. Pensé que, como la había agarrado empezada, me había perdido lo mejor, pero por suerte la animadora hizo una síntesis de lo que se había hablado. No, no me había perdido nada. Quizá sólo los saludos iniciales. Mateo, que ya no sabía qué hacer, me preguntó: "Pa, ¿por qué te interesa eso?". "No, Mateo", fue mi respuesta, "te aseguro que eso no me interesa; a mí lo que me interesa es el castellano". Y cambié de emisora. Por suerte, había partidos de fútbol en la radio y rápidamente pudimos pasar a pensar en otra cosa.
En cuanto al "Diccionario del habla de los argentinos", sugiero a quienes estén pensando en comprarlo que, antes de hacerlo, lo revisen muy cuidadosamente. Cuando salió la primera edición pasé un buen rato hojeándolo y ojeándolo, y tenía muy buena pinta. Lo compré. Pero la utilidad de los diccionarios se demuestra en la marcha, en el uso cotidiano, y ahí fue cuando, desde entonces hasta hoy, no ha hecho más que desilusionarme. Es, para sintetizar mi opinión, una basura sin atenuantes. Y no, no sé cuánto pesa.

M.
Au