A raíz del predominio de supuestos fundados en el determinismo biológico para explicar conductas consideradas naturalmente femeninas o masculinas (o explicables a partir de nuestra animalidad), quisiera aportar un capítulo de la obra El machismo invisible, de Marina Castañeda. Este libro aborda las explicaciones psicológicas y sociales del machismo; analiza exhaustivamente el machismo en la comunicación (en el mero acto de la conversación entre los sexos); comenta las llamadas "trampas del machismo" (contradicciones como la supuesta necesidad de proteger a las mujeres por ser caballeros, cuando en el fondo subyace la idea de que somos inútiles, torpes o, en el mejor de los casos, ingenuas); las emociones en las sociedades machistas; el machismo en el hogar; el sexo, el amor y la amistad en un sistema de género como el occidental; el machismo y el dinero, y... los costos del machismo (ni se imaginan cuánto le cuesta a una sociedad ser machista, en dinero contante y sonante).
Como lo indica el título, la autora tiene particular interés en mirar de frente el tema del machismo en una época (primera edición: 2002) en la que es tendencia popular caer fácilmente en el engaño de una igualdad todavía lejana. Su análisis se centra en la realidad mexicana y es fácilmente aplicable a todos los países latinoamericanos y a España. En más de una ocasión, comparte abiertamente algo que comentaba Javier en el hilo sobre la perspectiva antropológica: el machismo toma diversas formas y está presente en todas las latitudes, todas.
¿Quién es Marina Castañeda? Copio de la segunda de forros:
Marina Castañeda (México, DF, 1956) ha vivido en México, Estados Unidos, Francia, Suiza y Egipto. Estudió letras, historia y psicología en las universidades de Harvard, Stanford, la École Normale Supérieure de París y la US International University. Desde 1988, se ha dedicado al ejercicio de la psicoterapia en las ciudades de México y Cuernavaca. Su primer libro, La experiencia homosexual (1999), tuvo un fuerte impacto social tanto en México como en Francia. Ha publicado más de 250 artículos sobre temas psicológicos, políticos y sociales, además de haber impartido numerosos cursos y conferencias.
Transcribiré por partes el capítulo Algunos mitos del machismo con la esperanza de arrojar otra luz sobre los temas que más han motivado el intercambio en esta semana. Confío en que sabrán disculpar los yerros producto del dictado con Dragon. Ah, las cursivas en el texto serán las de la propia autora, no indican énfasis alguno por parte mía. Evidentemente, los comentarios sobre el contenido del capítulo son más que bienvenidos.
Atenea
Algunos mitos del machismo
¿Por qué los hombres tienen que aprender a ser hombres?¿Por qué se le dice al joven, una y otra vez, "Tienes que ser hombre"? ¿Por qué no se da naturalmente la masculinidad, como sucede en el caso de la maduración física? ¿Por qué los varones, aun adultos, se retan entre ellos, buscando descubrir cuál es "más hombre"? ¿Por qué es tan insultante para un hombre ser comparado a las mujeres, o ser considerado como afeminado?
Pareciera que los varones deben probar su hombría repetidamente, como si pertenecer al sexo masculino no fuera suficiente. Para las mujeres, las cosas son menos arduas: ellas no necesitan demostrar continuamente su feminidad, ni se ven obligadas a superar pruebas para ser aceptadas como tales. El sexo biológico, y las funciones biológicas naturales, son suficientes. Pero para los hombres no es así. Ellos no son hombres con la misma naturalidad que las mujeres son mujeres. En esta asimetría básica se esconden muchas claves para entender la compleja relación entre los sexos.
Si no basta pertenecer al sexo masculino, ¿en qué consiste esta hombría adicional que niños y jóvenes necesitan aprender para "volverse hombres"? ¿Cuál es la diferencia entre ser varón y ser un "verdadero hombre"? ¿Qué se tiene que hacer para ganarse esa apelación tan codiciada (la cual, por cierto, sólo pueden otorgar los hombres, y no las mujeres)? Es en ese extra que deben poseer los "verdaderos hombres" donde encontraremos la implicada esencia del machismo.
Tradicionalmente, ¿en qué ha consistido ese extra? Según el teórico de la masculinidad Robert Connell, el machismo es "un ideal masculino que hace hincapié en la dominación sobre las mujeres, la competencia entre los hombres, la exhibición de agresividad, la sexualidad depredadora y el doble juego". Si esto es así, podemos preguntarnos: ¿Por qué tantos hombres han adoptado este modelo? ¿Por qué intentan demostrar su hombría cultivando este ideal, y no algún otro? En este capítulo analizaremos las respuestas más comunes a esta pregunta, o sea, las explicaciones que se han popularizado acerca de las causas del machismo. Veremos que algunas se basan en ideas falsas que han sido refutadas por la ciencia, en tanto que otras son científicamente válidas, pero aún así no pueden justificar el machismo.
Teorías esencialistas y constructivistas
¿Por qué tantos hombres cultivan el machismo como modelo de la masculinidad? ¿Por qué deben demostrar su hombría siendo machistas, y no de otra manera? Estas preguntas son el punto de partida para nuestro análisis. Al respecto se han suscitado diferentes respuestas a lo largo del último siglo, desde diversos enfoques. A grandes rasgos, estas teorías pueden dividirse en dos categorías: algunas parten de la biología y argumentan que los hombres son machistas por razones innatas y básicamente invariables. En este enfoque esencialista, que incluye explicaciones surgidas de la biología, la etología, la teoría de la evolución y el psicoanálisis, muchas de las conductas y actitudes relacionadas con el machismo son "naturales" en el hombre y emanan de la anatomía misma.
Otras explicaciones del machismo derivadas de los estudios de género, la antropología y la etnografía, la sociología y la historia, se basa en factores sociales, económicos y culturales para afirmar que el machismo no es innato, ni es dado por la biología, sino que es aprendido. Existen diversas maneras de ser hombre y cada sociedad tiene su propio ideal masculino -que no es necesariamente machista, o no lo es del mismo modo-, según sus condiciones económicas y sociales. En este enfoque, llamado constructivista, el hombre no nace, se hace; y el machismo es sólo un tipo de masculinidad entre otros posibles, basado en relaciones de poder económicas, sociales y políticas, que se transmite de generación en generación. No se trata, pues, de una característica "natural" del hombre.
Este libro se ubica en un enfoque constructivista. Sin embargo, es importante examinar con detalle la visión esencialista del machismo, que lo presenta como un componente "natural" de la condición masculina. En el México actual, como en muchos otros lugares, los hombres siguen justificando sus conductas machistas con base en un supuesto imperativo biológico, "porque así somos los hombres". ¿Cuántos hombres hoy día no han apelado a una supuesta "naturaleza masculina" para justificar su agresividad, su necesidad de múltiples conquistas sexuales, sus celos, sin capacidad para comunicar sus emociones? A su vez, muchas mujeres siguen explicando a sus hijas que es necesario soportar a los hombres imperdonables sus excesos o sus deslices, "porque así son". Como lo veremos en este capítulo, esta visión esencialista, tan difundida que ni siquiera la cuestionamos, se basa en viejos mitos y teorías pseudocientíficas sin sustento real. Sin embargo, persiste nuestras costumbres y en todas nuestras relaciones. De ella se nutren los grandes mitos del machismo.
Los ritos de iniciación a la masculinidad
La pregunta "¿Qué significa ser un verdadero hombre?" ha recibido diferentes respuestas en diferentes épocas. En la mayoría de las sociedades conocidas, ser "hombre entre los hombres" ha consistido en detentar el poder político, tener muchas mujeres o muchos hijos, poseer gran riqueza o vastas extensiones de tierra, haber combatido en la guerra, escalado montañas o casado tigres... En muchas sociedades de caza y recolección, estudiadas en lugares como Nueva Guinea, Micronesia o Brasil, los niños o adolescentes varones deben pasar por diversos ritos de iniciación consistentes en terribles pruebas: son expuestos a los elementos; tiene que casar fieras salvajes; sufren atroces torturas físicas o mentales; se les practica sangrías o se les inducen vómitos; se les obliga sostener relaciones sexuales con los hombres mayores... Los jóvenes sometidos a estas pruebas deben pasarlas sin quejarse ni mostrar su sufrimiento, como prueba de su virilidad. En esto ritos observan cierto modelo de la masculinidad, en el cual el verdadero hombre oculta su miedo, su dolor y resiste estoicamente las pruebas de la virilidad.
Otra característica de estos ritos de iniciación, aparte de su extrema dureza, consiste separar a los jóvenes o niños de sus madres y de la comunidad de mujeres, en cuyo seno habían crecido. Una parte fundamental de "volverse hombre" en estas sociedades es alejarse de la influencia femenina. Según el antropólogo Gilbert Herdt, que estudió las costumbres de los sambia en Papúa Nueva Guinea: "Hay que separar traumáticamente a los muchachos, limpiarlos de las sustancias femeninas contaminantes, para que su masculinidad pueda desarrollarse". Vemos aquí otro componente de cierta virilidad: el hombre es más hombre en cuanto más se aleja de lo femenino. También está implícita en estos ritos la posibilidad de alcanzar la masculinidad de una vez por todas: el adolescente que pasa la prueba del iniciación es definitivamente reconocido como hombre.
En cambio, en la actualidad, en el mundo occidental industrializado ya no practicamos tales ritos. Los varones ya no demuestra su hombría cazando fieras, y luciéndose en el campo de batalla, y conquistando tierras lejanas. Ya no tenemos marcador están claros de la masculinidad. Los hombres de nuestras sociedades deben buscar otras maneras de probar su virilidad, de manera permanente. Ser un verdadero hombre, hoy, ya no es lo mismo que antes. Pero entonces, ¿qué es?
Dominar a las mujeres
Una definición de la hombría que los jóvenes de nuestra era, en muchas sociedades, comparten con sus padres, sus abuelos y sus bisabuelos, es su necesidad de dominar a las mujeres para demostrar su masculinidad. El dominio de la mujer sigue siendo prueba de virilidad en Perú y en Patagonia, en Texas y en Tokio, en una cantina mexicana y una orquesta sinfónica alemana. Lo que ha cambiado, al menos en las clases medias y altas del mundo industrializado, es la forma de hacerlo. Ahora, los hombres urbanos, educados, de ingresos medios o altos, ya no le pegan sistemáticamente sus mujeres, ni las encierran, ni las obligan a tener relaciones sexuales contra su voluntad, ni prohíben a sus hijas estudiar una carrera. Por ello, mucha gente piensa que el machismo está desapareciendo -y tienen razón, hasta cierto punto.
No obstante, por una parte, esas conductas arcaicas no han desaparecido por completo; por otra, muchos hombres siguen intimidando a las mujeres con la pura amenaza de golpearlas, castigarlas, violarlas o encerrarlas, pasando así de la violencia física a la intimidación sicológica. Sin embargo, la disminución de la coerción física no refleja necesariamente un cambio en ellos, ni la aceptación de un trato igualitario; refleja, más bien, un cambio de las mujeres, que ya no se dejan dominar tan fácilmente. También es cierto que la sociedad en su conjunto ya no aprueba con la misma naturalidad el machismo sus formas tradicionales, y que hoy en día muchos hombres, lejos de jactarse de ser machistas, más bien lo niegan.
La sobrevaloración de los valores masculinos
Pero el machismo presenta muchas facetas. El dominio del hombre sobre la mujer no implica sólo que un individuo del sexo masculino imponga su voluntad a un individuo del sexo femenino. Implica también una sobrevaloración de ciertos rasgos y actitudes considerados "masculinos" por encima de aquellos considerados "femeninos". En la visión polarizada de los sexos, hay una división de la experiencia humana en dos campos mutuamente excluyentes: como lo veremos en este libro, hay emociones, empleos, funciones familiares y sociales supuestamente propias del hombre o de la mujer, entre las cuales las "masculinas" se consideran diferentes y superiores a las "femeninas". Por ello, podríamos decir que los ritos de iniciación ya no son necesarios en el mundo moderno: el machismo actual -expresado en términos psicológicos, más que físicos- los ha reemplazado con un sistema de valores equivalente.
Algunos estudiosos han intentado aislar y describir estos valores comparando datos socioeconómicos y encuestas de diferentes países. Han descubierto así que ciertas creencias y costumbres van de la mano. Por ejemplo, en los países donde es notoria una fuerte diferenciación en los roles sexuales, también hay una gran diferencia de poder entre los sexos; prevalece una moral sexual conservadora que condena, por ejemplo, la masturbación y la homosexualidad; la castidad despreciada en la mujer, mas no en el hombre; se piensa que ella debe ser pasiva en la relación sexual; el sexo se asocia más con el poder que con el amor; las tareas domésticas, como la compra y la preparación de los alimentos, son consideradas femeninas; el padre es el modelo para el hijo y la madre para la hija; se observa una clara demarcación entre profesiones masculinas y femeninas; los jóvenes realizan estudios en diferentes áreas según el sexo, etcétera.
En cambio, en las sociedades donde impera una mayor igualdad social y económica entre hombres y mujeres, se cuenta con más información y aceptación de la sexualidad, incluyendo la masturbación, la homosexualidad y la contracepción; el sexo está más relacionado con el amor que con el poder; la mujer juega un papel más activo en la relación sexual; los hombres participan en las tareas domésticas, incluyendo la compra y la preparación de los alimentos; los dos padres son considerados modelos para los hijos de los dos sexos; no existe una distinción entre profesiones masculinas y femeninas, y los jóvenes realizan estudios similares.
Estos dos modelos de sociedad no pretenden ser descripciones exactas; sólo nos muestran que ciertos valores y conductas encuentran generalmente asociados, y que van de la mano con la concepción que se tenga de la masculinidad y la feminidad. Vemos así que la definición de estos términos tiene un sinfín implicaciones y consecuencias en toda las áreas de la vida; no se circunscribe en el terreno cultural, económico o político. El conflicto actual entre hombres y mujeres gira, en gran parte, alrededor de estas definiciones. Hombres y mujeres intentan imponer su propia visión de cómo deben ser los unos y las otras, en un esfuerzo por moldearse mutuamente. Muchos hombres insisten en seguir dominando las mujeres, imponiéndoles una posición subordinada en todos los ámbitos. A su vez, muchas de ellas se esfuerzan por cambiarlos para que sean menos machistas. Esta lucha es especialmente intensa en países como México, donde el machismo persiste como una creencia profunda para muchos hombres, aunque se difundan en la sociedad formas alternativas de ser hombre o mujer, a través de la televisión, el cine, del deporte, las artes...
Lo que está en juego, entonces, en la definición misma de lo que significa ser hombre ser mujer. El machismo depende de estas ideas e involucra toda una concepción del mundo que se trasmite de generación en generación a través de la familia, la escuela y la cultura en general. Ante todo, descansa sobre una visión muy particular de lo que significa ser "un verdadero hombre", y en toda una serie de justificaciones de por qué los hombres son como son. Es por ello que nuestra análisis comenzará con la creencia -basada en gran parte en argumentos seudocientíficos- de que los hombres son machistas por razones biológicamente dadas, como parte intrínseca de su naturaleza.
Dice Atenea:
Agradecería la modificación para que se lea "Dice Marina Castañeda", porque ese molino de viento no soy yo, sino ella.
Hola, Julio:
Encuentro difícil afirmar con contundencia que el origen del machismo sea biológico, tanto como encuentro difícil afirmar con contundencia que su origen sea social. En este tema, como en otros vinculados al comportamiento humano, enfrentamos el constante dilema naturaleza y cultura. A reserva de seguir con este capítulo que contiene secciones sobre estos argumentos y, como dije antes por ahí, sin ser antropóloga, he visto interesantísimas investigaciones sobre la posibilidad de organización social humana sin género en los orígenes (lo que podría hacernos pensar que el género fue un invento social posterior, no necesariamente algo siempre vinculado a nuestra prehistoria, no sé si me explico: a veces pensamos que cuando más marcados por el género estuvimos fue cuando eramos menos "civilizados"; veo que quienes se dedican a estudiar el tema están partiendo del cuestionamiento de todo supuesto, cosa que no está mal, ¿no?) y otras igualmente interesantes en dirección opuesta, es decir, la posibilidad de organización social humana sin género en el futuro. Ojalá pudiera una vivir para saber realmente hacia dónde vamos como especie o para leer lo suficiente para ser concluyente en cuanto a la pregunta respecto a nuestro origen como especie sexista.
Por cierto, uno de los aspectos más fascinantes de las culturas que podemos considerar *primitivas* y que existen aún hoy día (aunque me temo que beben coca-cola, no lo dudaría... lo que no las hace más *avanzadas* ni *civilizadas*), es que muchas tienen mitos fundacionales que explican por qué los varones son dominantes. Sería fácil pensar que esos mitos hablan, como en nuestra visión occidental del mundo, de la fuerza física o la necesidad de proteger al grupo. Pero no, los mitos hablan de sociedades matriarcales originarias en las que el poder era detentado por mujeres maduras (en rigor, después de la menopausia, es decir, cuando su cuerpo ya no es fértil, algo que, con mucho barniz de civilización, se repite en nuestro mundo: ¿a quién le interesa controlar el cuerpo de una mujer que no puede ser fecundada? Infinidad de mujeres hoy afirman sentirse mucho más libres y dueñas de su cuerpo, en todo sentido, cuando pasan de los 45 o 50 años, no creo que sea casual). Decía que los mitos hablan de sociedades matriarcales en las que las mujeres hicieron "mal uso del poder" y los hombres decidieron "derrocarlas". Curiosamente, no se hacen bolas con el aspecto biológico, seguramente porque no han tenido acceso a la ciencia como nosotros, claro, pero no deja de llamar la atención, creo.
Saludos,
Atenea
La visión esencialista del machismo
¿Cuáles son los fundamentos para pensar que existe una masculinidad biológicamente dada, y que ciertas características "típicas" de los hombres son naturales? ¿En que se basan los hombres -y muchas mujeres- cuando defienden la superioridad de ellos? La idea de una "naturaleza del hombre", muy diferente y por supuesto superior a la de la mujer, data de los antiguos griegos. Pero aquí sólo abordaremos algunos de los argumentos que se han esgrimido en la era moderna, por ser los que más se utilizan, hoy en día, para justificar el machismo.
El hombre es más fuerte que la mujer
La fuerza física siempre ha sido el argumento principal a favor de los hombres, en su intento por dominar a las mujeres. Y es cierto que el hombre promedio es 10% más alto que la mujer, pesa 20% más y tiene 30% más fuerza, sobre todo en la parte superior del cuerpo. También cuenta con una cantidad mayor de glóbulos rojos y, por consiguiente, con mejor oxigenación, y mucha más testosterona, lo cual ayuda a crear y a mantener músculo. Pero la diferencia física entre los sexos está disminuyendo: en deportes como la natación, las carreras y el patinaje, las mejores atletas de hoy han alcanzado un desempeño mejor que el de los mejores atletas masculinos desde hace unas décadas. En el maratón, por ejemplo, los tiempos de las mujeres se han reducido 32% desde 1964 y los de los hombres apenas 4.2%. El desempeño de las mujeres está mejorando dos o tres veces más rápido que el de los hombres, y si la tendencia continúa, en unas décadas las maratonistas alcanzarán a los maratonistas.
Asimismo, es importante recordar que la fuerza menor en las mujeres nunca les ha impedido realizar labores pesadas. Es más, en muchas sociedades en vías de desarrollo, son ellas quienes cargan el agua, el forraje y la leña, y realizan las tareas agrícolas al igual que los hombres. Esta igualdad laboral se acentuó con la Revolución Industrial: en la Gran Bretaña del siglo XIX las mujeres trabajaron en las minas, y en el XX, sobre todo durante las guerras, jugaron un papel central en la fuerza de trabajo industrial. Su incursión en profesiones "masculinas" no es nada nuevo, aunque ha sido especialmente evidente desde la Segunda Guerra Mundial. Y a partir de la revolución de la información y el crecimiento enorme del sector servicios en las economías avanzadas, la menor fuerza física de las mujeres ha vuelto cada vez menos relevante en términos de su actividad laboral. La historia del último siglo demuestra que pueden trabajar en cualquier campo con un desempeño similar al de los hombres. Y, si bien en México muy pocas laboran en profesiones tradicionalmente masculinas como la ingeniería y la medicina, no debemos olvidar que la antigua Unión Soviética más de la mitad de los ingenieros y los médicos eran mujeres.
La visión esencialista del machismo
El estudio de los animales
La idea de ciertos rasgos "naturales" en los hombres se sustentó durante buena parte del siglo XX en la etología, que es la observación de los animales en su entorno natural. Entre otras cosas, los estudiosos de las conductas animales siempre se han interesado por las diferencias entre hembras y machos, y su manera de relacionarse entre ellos: los papeles de cada uno en el cortejo y la reproducción, la división del trabajo la alimentación, la defensa y la crianza de los hijos, el liderazgo dentro de la pareja o del grupo. De tal forma, se han observado en diversas especies conductas "naturales" como la territorialidad, la agresividad, la dominación del macho sobre la hembra, la rivalidad entre los machos, la poligamia masculina, e incluso el tamaño mayor de los machos, para concluir que estos conductas y rasgos también son naturales entre los seres humanos.
Huelga decir que, al menos hasta las últimas décadas del siglo XX, la mayoría de los etólogos eran hombres, sin duda debido a las dificultades relacionadas con este campo del conocimiento, implica pasar largos periodos en lugares inhóspitos e incluso peligrosos. De hecho, los primeros etólogos formaron parte de los grandes viajes de exploración y colonización de los siglos XVIII y XIX; expediciones, por supuesto, sin participación femenina alguna. Pero en la segunda mitad del siglo XX las mujeres comenzaron incursionar poco a poco en la etología: por ejemplo, Dian Fossey -quien pagó con la vida su interés por los gorilas africanos- y la gran Jane Goodall, que se ha dedicado al estudio y a la protección de los chimpancés en su habitat natural. Mujeres como ellas, y también algunos hombres, empezaron a cuestionar lo que antes se sabía sobre las costumbres de los animales salvajes. Y entonces se vio que lo que parecía "natural" no lo es tanto, ni en ellos ni en los humanos.
Así se descubrió que los machos, si bien son más grandes que las hembras en las especies mamíferas, no siempre las dominan. Incluso, el dimorfismo sexual, o sea, la diferencia de tamaño entre los sexos, es menor en los humanos que en otros primates. Por otra parte, entre los chimpancés, que son los primates más cercanos a nosotros, es la hembra dominante la que toma las decisiones del grupo, determina quien forma parte de éste o no, y dirige sus desplazamientos. Casi todos los primates, así como muchas sociedades humanas tradicionales, son matrilocales: cuando crecen, las hijas se quedan en el grupo y los hijos se van. Por tanto, las hembras representan la continuidad, la estabilidad y la identidad grupales; en este sentido son las líderes de sus comunidades. Incluso, en muchas especies de monos, las hembras son más pequeñas que los machos -pero cuando se pelean, ganan las primeras-. Asimismo, ellas escogen a sus parejas masculinas, y no a la inversa. Por ejemplo, la hembra chimpancé busca activamente a los machos durante su estro, copulando con ellos hasta 50 veces al día.
Asimismo, se ha descubierto que muchos conductas animales supuestamente "naturales" son en realidad el resultado de su confinación en espacios reducidos como los zoológicos, los laboratorios o las reservas territoriales protegidas con recursos alimenticios limitados. La observación de los animales en este tipo de espacios artificiales distorsionó durante mucho tiempo nuestra comprensión de sus costumbres. Por ejemplo, un proyecto de investigación en el campo de la sociología -del cual hablaremos más adelante- consistió en observar el comportamiento sexual de un grupo de patos silvestres en un jardín botánico, cerca de la Universidad de Washington. El autor, David Barash, descubrió que algunos machos (los que se habían quedado sin hembra durante la época de apareamiento de esta especie, que es monograma) montaban a las hembras ya pareadas sin pasar por el cortejo habitual. Dedujo que se trataba de una forma de violación y concluyó que ésta es una conducta natural en todos los animales, incluyendo al hombre. No sólo extrapolado sus observaciones a los humanos sin tomar en cuenta los múltiples factores que nos distinguen de los patos, sino que hizo caso omiso del entorno esta población específica de patos. Considero que sus conductas serán distintivas, sin tomar en cuenta cómo podría afectarlos el hecho de encontrarse en un medio semiurbano, cerca de una gran ciudad, como si ése fuera su hábitat natural.
Cuando los etólogos se percataron de este tipo de distorsión y examinaron más de cerca los animales en su habitat auténticamente natural, descubrieron que algunos rasgos considerados y natos en realidad dependen de las circunstancias. Observaron, por ejemplo que la territorialidad -es decir, la defensa de un territorio considerado propio- depende en buena parte de la escasez de espacio o de alimento. También descubrieron que los machos no siempre ostentan conductas agresivas entre ellos. Más bien, los animales evitan la agresión al establecer jerarquías; en cierto sentido, los comportamientos dominantes sirven para evitar el conflicto, para sentar un orden social en el cual todos tienen un rango y función perfectamente definidos. La agresividad y la territorialidad dependen no de una violencia inherente a los animales sino, en buena parte, el contexto en el que viven. Además, la enorme variedad de formas de relación entre machos y hembras en el mundo animal nos demuestra que no existe en este aspecto ninguna ley universal. Pero el argumento definitivo en contra de la etología como acercamiento a lo humano es otro: el comportamiento de los animales no tiene porqué ser modelo ni servir de justificación para los seres humanos; la gran obra de la civilización ha consistido, precisamente, el superar lo que pudiera considerarse como distintivo o "natural" en especie.