Hola, Lucille.
Me gustaría que nos contaras cómo es el trabajo en el Congreso. Siempre quise saberlo, pero nunca conocí a nadie que pudiera iluminarme. En mi fantasía, el grupo de traductores del Congreso son ... qué sé yo... un salón con 10 ó 15 traductores.
¡Gracias!
Au
Te puedo contar que desde 1985 a 1990/1, período que estuve a cargo del Depto. de Trad. e Interp. de la Cámara de Diputados, tenía 4 ó 5 personas integrando el mismo. Dos éramos intérpretes y traductoras, y hacíamos ambas cosas. Las otras 3 supuestamente traducían, pero solo una era traductora, y sigue allí hasta la fecha. Una excelente traductora pública, Patricia Galina, y gran y querida amiga mía. La conocí allí, no la llevé yo. El resto eran básicamente gente “puesta” por diferentes diputados o autoridades de la Cámara.
El susodicho departamento de traducción e interpretación no abarcaba más que unos 40 m2 en el primer piso del Palacio, es decir, del edificio del Congreso que todos conocemos. No teníamos computadoras, y escribíamos con unas máquinas electrónicas a las que yo le tenía que comprar los cartuchos porque el trámite interno para que nos lo proveyera la cámara era demasiado burocrático. Te vas imaginando?
El salón con 10 ó 15 traductores (no intérpretes) es el bicameral, el que en alguna de mis respuestas mencioné como el “histórico” y ese salón es la Biblioteca del Congreso. Te lo imaginaste bien, pero ése no es “mi” Departamento.
Mi tarea, además de dirigir ese departamento y los trabajos de traducción escrita, era oficiar de intérprete cada vez que venía algún extranjero a la Cámara de Diputados, para asistir al Presidente de la Cámara que en esa época era el Dr. Juan Carlos Pugliese. Por ejemplo, cada vez que un nuevo embajador presentaba credenciales, tenía que hacer una visita protocolar a cada uno de los poderes de la Nación, por ende, venían también a presentarse ante Pugliese. Eran reuniones más o menos breves, pero muy amenas, porque Pugliese era un genio con un humor que pocas veces vi y con una cultura impresionante. Siempre terminábamos todos riéndonos mucho, pero con él aprendí mucho también. Y también oficiábamos de intérpretes en reuniones de diputados y asesores cuando los visitaba algún extranjero durante sus trabajos de investigación para preparar algún proyecto de ley, por mencionarte alguna de las tareas como intérprete.
Por otro lado, ¿también hacen trabajos de interpretación? Cuando mencionaste a Alfonsín, ¿tuviste que interpretar en alguna reunión en que él estuviera presente?
A Alfonsín lo ví en varias ocasiones, en particular cuando militaba activamente en la UCR allá por 1982 en adelante. Pero solo lo interpreté una vez (y con eso fui feliz para siempre J ) cuando acompañé a la representante del parlamento de Surinam a una entrevista con él. A Alfonsín lo interpretaba solamente Anita Braun (y antes, Emilio Stevanovitch), pero ese día y en esa ocasión, no lo acompañaba ningún intérprete, de modo que yo hice ida y vuelta. Fue protocolar y muy amistoso a la vez, y fue un placer intermediar.
En el mismo tema, ¿los intérpretes reciben algo de instrucción en temas (básicos, al menos) de protocolo?
No, instrucción ninguna. Todo lo contrario. Creo que yo los instruí a ellos, en particular al que era mi Jefe directo, porque no entendió nunca que hubiera alguna diferencia entre intérprete y traductor y uno que sabe inglés. El protocolo no era mucho. En esa época, la de Pugliese, había que ser respetuoso, correcto, sincero e inteligente. El resto era muy cómodo y natural. Luego la cosa cambió bastante.
Cuando se fue Alfonsín y subió Menem, en la Cámara entró Pierri, y tenía un "asesor de protocolo" primo de Menem, que quiso imponer un protocolo bastante musulmán. Recuerdo que un día recibíamos alguien de alguna de las embajadas islámicas, y me dio una perorata de cómo tenía que hacer al ir a recibirlo para conducirlo al despacho de Pierri:
No lo mires a los ojos, no le hables si no te habla, no le des la mano, tenés que tener las manos atrás, etc. etc. Por supuesto, no le hice caso alguno, pero fui a la entrada principal a recibir a esta comitiva, y fui dispuesta a ser muy cauta. Cuando este señor islámico llegó, subió las escalinatas sonriente, me miró a los ojos, me habló en un simpático inglés, me tendió la mano y luego me cedió el paso para que lo guiara al despacho de Pierri. Y fuimos charlando todo el trayecto. Era lógico, el tipo estaba en la Argentina, y se manejó como cualquier otra persona. El sentido común, y el sentido de ubicación le sobraba, en cambio a nuestro Jefe de Protocolo le faltaba por completo.
De esas situaciones hubo muchas, algunas simpáticas, muchas bastante burdas. Poco tiempo después de eso decidí renunciar y dedicarme ahora sí por completo, a la capacitación, cosa que ya venía haciendo desde hacía un par de años, pero de manera limitada, porque dividía mi tiempo entre la Cámara y mi flamante estudio.